La Anunciación: el arcángel Gabriel saluda a María en Nazaret

Ave María

Ave Maria

Cada día; es la cuenta del Rosario

Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo. Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

De dónde viene

Su primera mitad son palabras de la Escritura: el saludo del ángel Gabriel y la bendición de santa Isabel. La segunda —«Santa María, Madre de Dios…»— la añadió la Iglesia y quedó fijada en el Catecismo de san Pío V (1566).

Fuente Lucas 1, 28 y 1, 42 · Compendio del Catecismo, Apéndice A

Para entender la oración

Lecturas breves para quien desee ir más hondo.

En pocas palabras La oración explicada en un párrafo

El Ave María está formada por dos saludos y una súplica. El primer saludo lo dijo un ángel; el segundo, su prima Isabel. Los dos están en el Evangelio de san Lucas, casi palabra por palabra. Después la Iglesia añadió lo que nosotros le pedimos a María: que ruegue por nosotros hoy y en la hora de nuestra muerte. Cuando la rezas, repites las palabras que oyó María el día en que Dios le anunció que sería Madre de su Hijo.

Frase a frase Qué dice cada parte y de dónde viene
  1. «Dios te salve, María»

    Así comienza el ángel. En el griego de san Lucas la palabra es «Jaire»: «alégrate» (Lc 1, 28). No es un saludo de cortesía: es el anuncio de que la alegría que Israel esperaba ha llegado. En latín quedó «Ave», y el castellano lo tradujo «Dios te salve».

  2. «llena eres de gracia»

    Gabriel no la llama por su nombre. La llama «kejaritoméne», una palabra que en toda la Escritura solo se dice de ella: «la que ha sido llenada de gracia y permanece llena». Es un nombre nuevo, no un elogio. Siglos después, la Iglesia se apoyó en esa palabra para proclamar que María fue preservada del pecado desde su concepción: la Inmaculada Concepción (Pío IX, 1854).

  3. «el Señor es contigo»

    Es lo que Dios dice en la Escritura a quien va a confiar una misión grande y difícil: a Moisés (Éxodo 3, 12), a Gedeón (Jueces 6, 12), a Jeremías (Jeremías 1, 8). Por eso María se turba al oírlo (Lc 1, 29): comprende que Dios le va a confiar algo.

  4. La Visitación: Isabel recibe a María en la puerta de su casa

    «Bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús»

    Aquí cambia la voz. Ya no habla el ángel: habla Isabel, que espera un hijo en su vejez y recibe a María a la puerta de su casa, «llena del Espíritu Santo» y en voz alta (Lc 1, 41-42). La oración une los dos saludos, el del cielo y el de la tierra. El nombre «Jesús» no está en el Evangelio: la tradición atribuye su añadido al papa Urbano IV, en el siglo XIII, para que la oración diga a quién bendice.

  5. «Santa María, Madre de Dios»

    La segunda mitad ya no es de la Escritura: es la Iglesia que responde. «Madre de Dios» es un título que la Iglesia definió en un concilio. En Éfeso, en el año 431, los obispos confirmaron que María es «Theotokos», la que dio a luz a Dios, porque el Hijo que llevó en su seno es verdaderamente Dios. San Cirilo de Alejandría cuenta que aquella noche el pueblo de Éfeso acompañó a los obispos hasta sus casas con antorchas.

  6. «ruega por nosotros, pecadores»

    No pedimos a María que nos salve: le pedimos que interceda por nosotros, como se pide a una madre. Y nos llamamos «pecadores» sin temor: es decir la verdad ante quien nos mira con misericordia.

  7. «ahora y en la hora de nuestra muerte»

    Solo dos momentos, porque son los únicos que verdaderamente nos pertenecen: el presente y el último. Esta es la parte más reciente de la oración: aparece en el siglo XV y quedó fijada en el Catecismo Romano (1566) y en el Breviario de san Pío V (1568). Desde entonces no ha cambiado una palabra.

La escena en el Evangelio Lucas 1, 26-38

Nazaret era una aldea de la que nadie hablaba. Una joven, prometida a José, está en su casa cuando un enviado de Dios entra en ella:

A los seis meses, Dios envió al ángel Gabriel a un pueblo de Galilea llamado Nazaret, a una joven virgen prometida a un hombre llamado José, de la familia de David. La joven se llamaba María. El ángel entró donde ella estaba y le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se turbó al oír estas palabras y se preguntaba qué querría decir aquel saludo. El ángel le dijo: «No tengas miedo, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Vas a concebir y a dar a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, lo llamarán Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará para siempre sobre la casa de Jacob y su reino no tendrá fin». María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, si yo no conozco varón?». El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el niño que nacerá será santo y lo llamarán Hijo de Dios. Mira: también Isabel, tu parienta, ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios no hay nada imposible». María dijo: «Aquí está la esclava del Señor; que se haga en mí según tu palabra». Y el ángel se fue.

Lucas 1, 26-38

Dios no envía a su ángel a un palacio, sino a una casa sencilla. Y no impone: propone, y espera una respuesta libre. María se turba, pregunta lo que no comprende y, al fin, responde que sí. Toda la historia de la salvación pasa por ese sí.

Para rezarla hoy Hoy, al decir «ahora», presenta a María lo que estás viviendo en este momento, y déjalo en sus manos.