Jesús enseña a orar a sus discípulos en un monte de Galilea

Padre Nuestro

Pater Noster

Cada día; en la Misa, antes de la comunión

Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu Reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.

De dónde viene

La enseñó Jesús mismo cuando los discípulos le pidieron: «Señor, enséñanos a orar». Tertuliano la llamó «el compendio de todo el Evangelio», y santo Tomás, «la más perfecta de las oraciones»: en siete peticiones cabe todo lo que es lícito desear.

Fuente Evangelio según san Mateo 6, 9-13 · Misal Romano

Para entender la oración

Lecturas breves para quien desee ir más hondo.

En pocas palabras La oración explicada en un párrafo

El Padre Nuestro es la única oración que Jesús enseñó con sus propias palabras. Primero nos dirigimos a Dios como a un padre y pedimos tres cosas para él: que su Nombre sea santificado, que venga su Reino y que se cumpla su voluntad. Después pedimos cuatro cosas para nosotros: el pan, el perdón, no caer en la tentación y ser librados del mal. Siempre decimos «nosotros», nunca «yo»: se reza en nombre de todos.

Frase a frase Qué dice cada parte y de dónde viene
  1. «Padre nuestro, que estás en el cielo»

    Jesús es el primero que se dirige a Dios llamándolo «Abbá», la palabra con que los niños de Israel llamaban a su padre (Marcos 14, 36), y nos permite hacerlo a nosotros. Decimos «nuestro», no «mío»: nadie reza esta oración solo. «Que estás en el cielo» no señala un lugar lejano, sino la grandeza de Dios, que está por encima de todo (Catecismo, 2794).

  2. «santificado sea tu Nombre»

    La primera petición no es para nosotros: es para Dios. Pedimos que su Nombre sea reconocido como santo en el mundo y, antes, en nuestra propia vida. Es lo que anunció el profeta: «Santificaré mi Nombre grande» (Ezequiel 36, 23).

  3. «venga a nosotros tu Reino»

    El Reino es lo primero que Jesús anunció al comenzar a predicar: «El Reino de Dios está cerca» (Marcos 1, 15). Los primeros cristianos cerraban sus reuniones con una súplica en arameo, «Marana tha», «Ven, Señor» (1 Corintios 16, 22). Esta petición es la misma, en nuestra lengua.

  4. «hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo»

    Jesús mismo hizo esta petición la noche de Getsemaní, con el rostro en tierra: «No se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lucas 22, 42). Cuando la decimos, repetimos las palabras de su hora más difícil.

  5. «Danos hoy nuestro pan de cada día»

    «De cada día» traduce una palabra griega, «epioúsios», que no aparece en ningún otro texto antiguo. Los Padres de la Iglesia la leyeron en dos sentidos a la vez: el pan de la mesa y el Pan de la Eucaristía (Catecismo, 2837). Pedimos «hoy», no para siempre: como el maná del desierto, que solo alcanzaba para un día (Éxodo 16, 4).

  6. «perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden»

    Es la única petición que lleva una condición, y Jesús la explica él mismo apenas termina la oración: «Si perdonan a los demás sus ofensas, también su Padre celestial los perdonará» (Mateo 6, 14). No es un trato con Dios: un corazón cerrado al hermano no puede recibir el perdón que pide.

  7. «no nos dejes caer en la tentación»

    El texto griego dice «no nos introduzcas en la tentación». Dios no tienta a nadie (Santiago 1, 13): pedimos que no nos deje entrar solos en la prueba y que no permita que cedamos. El castellano lo expresó así: «no nos dejes caer».

  8. «y líbranos del mal»

    El original habla del Maligno: no de un mal abstracto, sino de aquel que se opone a Dios (Catecismo, 2851). La oración termina como empezó, con confianza: quien nos llama hijos es quien nos guarda.

La escena en el Evangelio Lucas 11, 1-4

Los discípulos lo veían retirarse a orar, a veces antes del amanecer. Un día, cuando termina, uno de ellos se atreve a pedirle lo que todos deseaban:

Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar. Cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos». Él les dijo: «Cuando oren, digan: Padre, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; danos cada día nuestro pan cotidiano; perdona nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe; y no nos dejes caer en la tentación».

Lucas 11, 1-4

Jesús no pronuncia un discurso sobre la oración: entrega palabras concretas. La forma que rezamos es la de Mateo (6, 9-13), algo más larga; Lucas conserva la escena y la versión más breve. Las dos comienzan con la misma palabra: «Padre».

Para rezarla hoy Hoy, al decir «perdona nuestras ofensas», nombra en silencio a una persona a la que te cuesta perdonar.