La Virgen María, Reina y Madre de misericordia, cobija a los fieles bajo su manto

Salve

Salve Regina

Al terminar el Rosario y al cerrar el día

Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra. Dios te salve. A ti llamamos los desterrados hijos de Eva. A ti suspiramos gimiendo y llorando en este valle de lágrimas. Ea, pues, Señora, abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos, y después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre. Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María. Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo. Amén.

De dónde viene

Antífona del siglo XI, atribuida al monje Hermann de Reichenau. La Iglesia la canta al final de Completas desde el tiempo ordinario hasta el Adviento; san Bernardo la difundió por toda Europa.

Fuente Compendio del Catecismo, Apéndice A · Liturgia de las Horas

Para entender la oración

Lecturas breves para quien desee ir más hondo.

En pocas palabras La oración explicada en un párrafo

La Salve es la oración con que la Iglesia cierra el día y el Rosario. Se canta en los monasterios desde hace mil años, al caer la tarde, y en los funerales. No disimula la tristeza: llama a este mundo «valle de lágrimas» y a quienes rezan, «desterrados». Por eso consuela a quien está mal. Y lo que finalmente pide no es un favor, sino ver a Jesús cuando el destierro termine.

Frase a frase Qué dice cada parte y de dónde viene
  1. «Dios te salve, Reina y Madre de misericordia»

    Dos títulos juntos que no suelen ir juntos: Reina, que impone distancia, y Madre, que la quita. La Salve empieza donde quiere terminar: ante alguien que puede mucho y a la vez es de los nuestros.

  2. «vida, dulzura y esperanza nuestra»

    Tres palabras que la tradición aplica a Cristo y que aquí se dicen de María por lo que él le dio. En el original latino son «vita, dulcedo et spes nostra», y su música ha sostenido esta antífona durante mil años.

  3. «A ti llamamos los desterrados hijos de Eva»

    Aquí la oración se sitúa: no la reza quien está bien, sino quien se sabe lejos de casa. «Desterrados hijos de Eva» recuerda la expulsión del paraíso (Génesis 3, 23) y nombra la condición común de todos.

  4. «A ti suspiramos gimiendo y llorando en este valle de lágrimas»

    La Salve no disimula el dolor ni lo explica: lo dice. Por eso se reza al caer la tarde y en los funerales, y por eso consuela a quien no está para consuelos fáciles.

  5. «vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos»

    No se le pide que haga algo, sino que mire. En la Escritura, que Dios vuelva su rostro es la mayor de las bendiciones (Números 6, 25); aquí se pide de su Madre la misma mirada.

  6. «y después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre»

    El punto al que se dirigía todo. La petición más alta de la Salve no es María, sino Jesús: ella es quien lo muestra. Es la misma palabra que Isabel dijo en la Visitación (Lucas 1, 42).

  7. «Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María»

    Tres invocaciones finales que la tradición atribuye a san Bernardo, añadidas al oír cantar la antífona. En los monasterios se cantan de pie y en voz más baja, como una despedida.

La escena en el Evangelio Juan 19, 25-27

En la cruz, poco antes de morir, Jesús ve a su madre y al discípulo a quien amaba. Sus últimas disposiciones no son sobre cosas, sino sobre personas:

Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María la de Cleofás, y María la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo a quien tanto quería, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa.

Juan 19, 25-27

La Iglesia ha leído siempre esta escena como algo más que un arreglo familiar: en el discípulo sin nombre está cada creyente. Cuando la Salve llama a María «Madre de misericordia», se apoya en estas palabras dichas desde la cruz.

Para rezarla hoy Hoy, al acostarte, reza la Salve despacio y detente en «vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos».