Acto de caridad
Cada día, y al perdonar de corazón
Dios mío, te amo sobre todas las cosas con todo mi corazón, porque eres infinitamente bueno y digno de todo amor; y por amor a ti amo a mi prójimo como a mí mismo y perdono a quien me haya ofendido.
En este amor quiero vivir y morir. Auméntalo, Señor. Amén.
De dónde viene
La tercera de las virtudes teologales y, dice san Pablo, la mayor de ellas: la fe y la esperanza terminan al ver a Dios; el amor no termina nunca. Este acto une los dos mandamientos que Jesús hizo uno.
Fuente Compendio del Catecismo, Apéndice A
Para entender la oración
Lecturas breves para quien desee ir más hondo.
En pocas palabras La oración explicada en un párrafo
El acto de caridad es el tercero de los tres actos que la Iglesia recomienda rezar cada día, y san Pablo lo llama el mayor de todos, porque la fe y la esperanza terminan cuando veamos a Dios, y el amor no termina nunca. Une en una sola frase los dos mandamientos que Jesús hizo uno: amar a Dios sobre todas las cosas y amar al prójimo como a uno mismo. Y añade lo que cuesta de verdad: perdonar a quien nos ha ofendido.
Frase a frase Qué dice cada parte y de dónde viene
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«te amo sobre todas las cosas con todo mi corazón»
Es el primer mandamiento, tal como Jesús lo citó: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente» (Mateo 22, 37). «Sobre todas las cosas» no significa despreciar lo demás, sino no poner nada por delante.
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«porque eres infinitamente bueno y digno de todo amor»
El motivo no es lo que Dios nos da, sino lo que Dios es. La tradición distingue entre amar a Dios por sus beneficios y amarlo por él mismo; este acto se dirige a lo segundo.
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«y por amor a ti amo a mi prójimo como a mí mismo»
Los dos mandamientos quedan unidos por un «y por amor a ti», que es exactamente lo que hizo Jesús al citarlos juntos: «El segundo es semejante a este» (Mateo 22, 39). San Juan lo dice sin rodeos: quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve (1 Juan 4, 20).
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«y perdono a quien me haya ofendido»
El acto de caridad incluye el perdón, y no como un añadido: es la prueba concreta de que el amor al prójimo no es solo un sentimiento. Es la misma condición del Padre Nuestro.
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«En este amor quiero vivir y morir. Auméntalo, Señor.»
La caridad es la mayor de las tres virtudes y la única que permanece: «La fe y la esperanza pasan; el amor no pasa nunca» (1 Corintios 13, 8. 13). En el cielo ya no hará falta creer ni esperar; amar, sí.
La escena en el Evangelio Lucas 10, 30-37
Un maestro de la Ley le pregunta a Jesús qué hacer para heredar la vida eterna. Al responderse él mismo con los dos mandamientos, quiere justificarse y pregunta: «¿Y quién es mi prójimo?». Jesús no le da una definición: le cuenta una historia:
Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos bandidos, que lo despojaron, lo golpearon y se fueron dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino; al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje llegó junto a él y, al verlo, se conmovió. Se acercó, le vendó las heridas echándoles aceite y vino, lo montó en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente sacó dos denarios y se los dio al posadero, diciendo: «Cuida de él, y lo que gastes de más te lo pagaré a la vuelta». «¿Cuál de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los bandidos?». El maestro de la Ley contestó: «El que practicó la misericordia con él». Jesús le dijo: «Anda y haz tú lo mismo».
Lucas 10, 30-37
Jesús le da la vuelta a la pregunta. No responde quién merece ser mi prójimo, sino de quién me hago yo prójimo. Y elige como ejemplo a un samaritano, alguien a quien sus oyentes despreciaban. La conclusión la saca el propio maestro de la Ley, y Jesús solo añade: haz tú lo mismo.
Para rezarla hoy Hoy, al decir «perdono a quien me haya ofendido», nombra a esa persona en silencio y reza un Ave María por ella.