O Salutaris Hostia
Al exponer el Santísimo
Oh víctima de salvación, que abres la puerta del cielo: nos acosan los enemigos, danos fuerza, tráenos tu auxilio.
Al Señor, uno y trino, sea gloria sempiterna; que nos dé vida sin término en la patria celestial. Amén.
Ver en latín
O salutaris Hostia, quae caeli pandis ostium: bella premunt hostilia, da robur, fer auxilium. Uni trinoque Domino sit sempiterna gloria, qui vitam sine termino nobis donet in patria. Amen.
De dónde viene
Son las dos últimas estrofas del himno que santo Tomás compuso para Laudes del Corpus Christi, por encargo del papa Urbano IV. Se cantan al comenzar la exposición.
Fuente Himno «Verbum supernum prodiens», sto. Tomás de Aquino (1264)
Para entender la oración
Lecturas breves para quien desee ir más hondo.
En pocas palabras La oración explicada en un párrafo
El O Salutaris Hostia es el himno que se canta al exponer el Santísimo. Son las dos últimas estrofas de un himno más largo que santo Tomás de Aquino escribió en 1264, cuando el papa Urbano IV le encargó los textos de la fiesta del Corpus Christi. Llama a Cristo «víctima de salvación», que en el lenguaje del templo significa lo que se ofrece, y pide fuerza y auxilio mientras dura la lucha.
Frase a frase Qué dice cada parte y de dónde viene
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«Oh víctima de salvación, que abres la puerta del cielo»
«Víctima» es aquí un título, no una desgracia: en el lenguaje del templo es lo que se ofrece. Cristo es a la vez el sacerdote que ofrece y lo ofrecido, como explica la carta a los Hebreos (9, 11-14).
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«nos acosan los enemigos, danos fuerza, tráenos tu auxilio»
El himno completo se llama «Verbum supernum prodiens» y lo escribió santo Tomás de Aquino en 1264, por encargo del papa Urbano IV, para la nueva fiesta del Corpus Christi. Se cantan solo sus dos últimas estrofas.
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«Al Señor, uno y trino, sea gloria sempiterna»
Todo himno litúrgico latino termina con una doxología, una alabanza a la Trinidad. Es la firma común de la liturgia: se empiece por donde se empiece, se acaba alabando a los tres.
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«que nos dé vida sin término en la patria celestial»
«Patria» traduce «patria» en el sentido antiguo: la tierra propia, el lugar de donde se es. La liturgia llama así al cielo porque supone que este mundo es un viaje, no un destino.
La escena en el Evangelio Hebreos 9, 11-14
La carta a los Hebreos explica a unos cristianos de origen judío por qué el sacrificio de Cristo no necesita repetirse, comparándolo con los que se hacían cada año en el templo:
Cristo ha venido como sumo sacerdote de los bienes definitivos. Su tienda es mayor y más perfecta: no hecha por manos de hombre, es decir, no de este mundo creado. No con sangre de machos cabríos ni de becerros, sino con su propia sangre, entró una vez para siempre en el santuario, consiguiendo una liberación eterna. Cuánto más la sangre de Cristo, que, movido por el Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, para que demos culto al Dios vivo.
Hebreos 9, 11-14
La diferencia que subraya la carta es «una vez para siempre»: no hace falta repetir el sacrificio. Por eso el himno puede llamar a Cristo «víctima de salvación» y pedirle auxilio en presente: lo que hizo una vez sigue actuando.
Para rezarla hoy Hoy, si entras en una iglesia donde esté expuesto el Santísimo, quédate de rodillas hasta acabar este himno.