Meditación
El 25 de septiembre de 1983, en San Nicolás de los Arroyos, una madre de familia sencilla, Gladys Quiroga de Motta, vio por primera vez a la Virgen: vestida de azul, con el Niño en brazos y un gran rosario en la mano, envuelta en luz. Días antes, su rosario se había iluminado en la oscuridad de su casa. Gladys no dijo nada; solo rezó. Y la Virgen volvió, una y otra vez, siempre en silencio, hasta que un día habló. El Avemaría comienza con el saludo del Ángel: «Dios te salve» —alégrate—. Es la primera palabra del cielo a la tierra en el Nuevo Testamento, y es una palabra de alegría. Con ella Dios anunció que había elegido a una muchacha de Nazaret para darnos al Señor. Cada vez que decimos «Dios te salve, María», repetimos el saludo de Gabriel y acompañamos el gozo que llenó el espíritu de la Virgen al escucharlo. En San Nicolás, ella vino a recordarnos que ese saludo sigue vivo, que el Rosario es su oración preferida, y que quien la saluda con amor no queda sin respuesta. Hoy, María nos invita a escuchar a Cristo Jesús y a estar cerca de él. Recemos con la devoción y el amor que nos pide el Señor.
Petición
¡Cuánto se alegra mi alma, amadísima Virgen, con los dulces recuerdos que despierta en mí esta salutación! Se llena de gozo mi corazón al decir el Avemaría, acompañando el gozo que llenó tu espíritu al escucharla de boca del Ángel, y me alegro de la elección que de ti hizo el Omnipotente para darnos al Señor. María, ayúdanos a estar cerca de tu Hijo. Amén.