Novena a María del Rosario de San Nicolás

Preparando la novena…

Sobre esta novena Las oraciones, el plan de los nueve días y cómo se reza

Novena a María del Rosario de San Nicolás

Nueve días meditando el Avemaría frase por frase con la Virgen del Rosario que quiso quedarse junto al Paraná: del 17 al 25, como ella misma pidió.

Esta novena a Nuestra Señora del Rosario de San Nicolás se reza tradicionalmente durante los nueve días previos a su fiesta, el 25 de septiembre. Son nueve días consecutivos de oración: cada día se medita un aspecto distinto de la devoción y se presenta una petición propia. Si un día se interrumpe, aquí puedes retomarla donde quedaste.

Cómo se reza cada día

  1. Señal de la Cruz
  2. Oración inicial
  3. Meditación del día
  4. Petición del día
  5. 3 Avemarías
  6. Invocaciones
  7. Oración final
  8. Señal de la Cruz

Los nueve días completos

Abre cada día para leer su meditación y su petición. Es el mismo texto que usa el rezo guiado, disponible también sin JavaScript.

  1. Día 1 — «Dios te salve» El saludo del Ángel

    Meditación

    El 25 de septiembre de 1983, en San Nicolás de los Arroyos, una madre de familia sencilla, Gladys Quiroga de Motta, vio por primera vez a la Virgen: vestida de azul, con el Niño en brazos y un gran rosario en la mano, envuelta en luz. Días antes, su rosario se había iluminado en la oscuridad de su casa. Gladys no dijo nada; solo rezó. Y la Virgen volvió, una y otra vez, siempre en silencio, hasta que un día habló. El Avemaría comienza con el saludo del Ángel: «Dios te salve» —alégrate—. Es la primera palabra del cielo a la tierra en el Nuevo Testamento, y es una palabra de alegría. Con ella Dios anunció que había elegido a una muchacha de Nazaret para darnos al Señor. Cada vez que decimos «Dios te salve, María», repetimos el saludo de Gabriel y acompañamos el gozo que llenó el espíritu de la Virgen al escucharlo. En San Nicolás, ella vino a recordarnos que ese saludo sigue vivo, que el Rosario es su oración preferida, y que quien la saluda con amor no queda sin respuesta. Hoy, María nos invita a escuchar a Cristo Jesús y a estar cerca de él. Recemos con la devoción y el amor que nos pide el Señor.

    Petición

    ¡Cuánto se alegra mi alma, amadísima Virgen, con los dulces recuerdos que despierta en mí esta salutación! Se llena de gozo mi corazón al decir el Avemaría, acompañando el gozo que llenó tu espíritu al escucharla de boca del Ángel, y me alegro de la elección que de ti hizo el Omnipotente para darnos al Señor. María, ayúdanos a estar cerca de tu Hijo. Amén.

  2. Día 2 — «María» El nombre santo

    Meditación

    Cuando por fin la Virgen habló a Gladys, no lo hizo con prodigios, sino con la Escritura: le indicó citas bíblicas para que las leyera y meditara. Y le mostró algo concreto: una imagen antigua de Nuestra Señora del Rosario, bendecida por León XIII en 1884, que estaba olvidada y rota en el campanario de la catedral de San Nicolás. Gladys la reconoció al instante: era la misma Señora que se le aparecía. La imagen fue restaurada y, desde entonces, venerada por multitudes. «María» es el nombre que la Iglesia pronuncia con más ternura después del de Jesús. Nombre santo, porque santa es la que lo lleva; nombre poderoso, porque Dios no niega nada a quien lo invoca con fe. Así como la Virgen quiso que se rescatara del olvido su imagen, quiere rescatar del olvido nuestra fe. Ella nos convoca hoy a ser agradables a Dios, a no destruir lo que hemos logrado, a conservar la fe y permanecer fieles al Señor. Pidamos a María, por su nombre, que seamos persistentes y constantes en la fe, y que nos ayude a no bajar los brazos.

    Petición

    ¡«María», nombre santo! Dígnate, amabilísima Madre, sellar con tu nombre el memorial de nuestras súplicas, dándonos el consuelo de que lo atienda benignamente tu Hijo Jesús, para que alcancemos un gran desapego de las vanidades del mundo, firme afición a la virtud y ansias continuas de nuestra eterna salvación. María, que seamos persistentes y constantes en nuestra fe; ayúdanos a no bajar los brazos. Amén.

  3. Día 3 — «Llena eres de gracia» La plenitud de la gracia

    Meditación

    Los mensajes de San Nicolás, recogidos entre 1983 y 1990, insisten en una cosa: María intercede. «Elevo vuestras súplicas», dice la Virgen, «llevo vuestras peticiones a mi Hijo». Y el 8 de diciembre de 1984 pidió expresamente esta novena: «Comenzad una novena el día 17 y hasta el 25; haced peticiones, y con el correr de los días serán concedidas». «Llena de gracia»: así la llamó el Ángel, y es su nombre más verdadero. Dios la colmó de gracia desde el primer instante para que fuera digna morada de su Hijo; en ella descansó corporalmente la plenitud de la Divinidad. Pero esa plenitud no es un tesoro cerrado: María es llena de gracia para derramarla sobre sus hijos. A sus pies se presenta desnuda nuestra pobre alma, con sus vacíos y sus heridas, pidiendo la gracia y el amor de Dios con que ella fue enriquecida. Hoy le pedimos que nos enseñe a pedir y a dar con amor verdadero: si obramos con el corazón, nada será desoído por su Hijo Jesús.

    Petición

    ¡Dulce Madre! Dios te salve, María, sagrario riquísimo en el que descansó corporalmente la plenitud de la Divinidad: a tus pies se presenta desnuda mi pobre alma, pidiendo la gracia y el amor de Dios con que fuiste enriquecida, y que te hicieron llena de virtud, llena de santidad y llena de gracia. María, intercede por nosotros ante tu Hijo, eleva nuestras súplicas, peticiones e intenciones, y ayúdanos a pedir y a dar con amor verdadero. Amén.

  4. Día 4 — «El Señor es contigo» Dios habita en María

    Meditación

    La Virgen señaló a Gladys un lugar concreto: un campo a orillas del Paraná, donde quería su Santuario. Allí se colocó la primera piedra en 1987, y hoy se levanta el templo al que llegan cada 25 de mes miles de peregrinos. La Virgen quiso una casa, porque quería estar con su pueblo. «El Señor es contigo»: donde está María, está el Señor. Aquel Dios inmenso, que por su esencia está en todas las cosas, estuvo en María de un modo único: se hizo carne en ella sin que perdiera su virginidad. Ningún templo lo contuvo como su seno; ningún corazón lo hospedó como el suyo. Y por María quiere venir a nosotros. Pero ¿cómo ha de venir a un corazón poco limpio el Señor que preparó con tanto cuidado la pureza de su Madre? Que muera en nosotros toda impureza, para que el Señor habite en nuestra alma. Hoy le pedimos, como ella pidió en San Nicolás, por la conversión de los que están lejos de Dios, por las almas que sufren, por los que caen y vuelven a caer, por los que la niegan, y por los que pueden remediar sus faltas acercándose a un sacerdote.

    Petición

    ¡Oh Santísima Virgen! Aquel inmenso Señor, que por su esencia está en todas las cosas, está en ti y contigo de un modo muy superior. Madre mía, que por ti venga a nosotros. Pero ¿cómo ha de venir a un corazón tan poco limpio aquel Señor que, para hacerte su morada, quiso con tal prodigio que no se perdiera tu virginidad al hacerte Madre? Que muera en nosotros toda impureza, para que el Señor habite en nuestra alma. María del Rosario, hoy te pedimos por la conversión de nuestros hermanos alejados de Dios, por las almas que sufren, por los que tantas veces caen en pecado y por los que pueden remediar sus faltas acercándose a un sacerdote. Amén.

  5. Día 5 — «Bendita tú eres entre todas las mujeres» La bendición de Isabel

    Meditación

    A San Nicolás llegaron desde el principio familias enteras: madres con sus hijos, jóvenes, enfermos. La Virgen, en sus mensajes, pidió muchas veces por los jóvenes y por las familias: que no queden atrapados en las calamidades del mundo, que se formen hombres y mujeres de paz, entregados a Jesucristo. «Bendita tú eres entre todas las mujeres»: lo dijo Isabel, llena del Espíritu Santo, cuando María llegó a su casa llevando al Salvador. Es la bendición que la Iglesia repite en cada Avemaría: María es la gloria de Jerusalén, la alegría de Israel, el honor del pueblo santo de Dios. Bendita entre las mujeres, María es también la Madre de todas las madres, la que entiende las angustias de un hogar y las esperanzas puestas en los hijos. Hoy le pedimos por nuestros hijos y por nuestros jóvenes, y una fe más viva para considerar y adorar, con el santo Rosario, las misericordias que en ella y por ella hizo el Hijo de Dios.

    Petición

    Tú eres la gloria de Jerusalén, tú la alegría de Israel, tú el honor del pueblo santo de Dios. Obtenga nuestro espíritu, por tu intercesión, la fe más viva, para considerar y adorar con tu santo Rosario las misericordias que en ti y por ti hizo el Hijo de Dios. María, hoy te pedimos por nuestros hijos y por nuestros jóvenes: que no queden atrapados en las calamidades de esta sociedad, y que podamos formar hombres y mujeres con ansias de paz, entregados a tu Hijo Jesucristo. Amén.

  6. Día 6 — «Bendito es el fruto de tu vientre, Jesús» El centro del Avemaría

    Meditación

    En el corazón del Avemaría está el nombre de Jesús. Todo el Rosario gira en torno a él: los misterios que meditamos son su vida, y María es la que nos lo brinda en cada uno. La Virgen de San Nicolás se aparece con el Niño en brazos y el rosario en la mano: no se muestra sola, sino ofreciendo a su Hijo. «Bendito el fruto de tu vientre»: ese fruto bendito murió en la cruz por nuestros pecados. Lloramos, oh Madre, por haber cometido tantos, sabiendo que ellos clavaron a tu Hijo. Pero el llanto del arrepentimiento no es tristeza estéril: es el comienzo de la bendición. En uno de sus mensajes, la Virgen enseñó a Gladys una oración para pedir fuerza: «Fortaléceme, Señor, con tu inagotable amor; mira mi pobre alma y ten piedad de mí. Llena de fe mi corazón, mi espíritu y mi ser. Recíbeme y condúceme. Bendito seas por siempre, Señor». Hoy le pedimos fuerza espiritual para no dejar nunca de llorar nuestros pecados, hasta poder bendecir eternamente el fruto bendito de su vientre.

    Petición

    Lloro, oh Madre mía, por haber cometido tantos pecados, sabiendo que ellos hicieron morir en cruz a tu Hijo. Que el fruto de mi oración sea no dejar nunca de llorarlos, hasta poder bendecir eternamente aquel purísimo fruto de tu vientre. María, queremos pedirte fuerza espiritual; acompáñanos a orar como nos enseñaste: fortaléceme, Señor, con tu inagotable amor; mira mi pobre alma y ten piedad de mí; llena de fe mi corazón, mi espíritu y mi ser; recíbeme y condúceme. Bendito seas por siempre, Señor. Amén.

  7. Día 7 — «Santa María, Madre de Dios» La súplica de la Iglesia

    Meditación

    La segunda parte del Avemaría no es de la Escritura: la puso la Iglesia. «Santa María, Madre de Dios»: el título más alto que puede pronunciarse de una criatura, definido en el concilio de Éfeso, y el fundamento de todos los demás. Porque es Madre de Dios, María puede cuanto pide. La Iglesia también examinó con paciencia lo ocurrido en San Nicolás. Durante más de treinta años, los obispos acompañaron, estudiaron los mensajes, vieron los frutos: conversiones, confesiones, familias reconciliadas, vocaciones. El 22 de mayo de 2016, monseñor Héctor Cardelli declaró que las apariciones tienen carácter sobrenatural y son dignas de fe. La Madre de Dios no se contradice con su Iglesia: la sirve. En San Nicolás, la Virgen pidió con insistencia por las vocaciones sacerdotales: que sus hijos sean verdaderos apóstoles de Cristo, con la Palabra de su Hijo en los labios y en el corazón. Hoy le pedimos un corazón digno de ella, que ame el recogimiento y encuentre su delicia en honrarla con el santo Rosario, y rezamos por los sacerdotes.

    Petición

    No permitas que se pierda mi alma, comprada con el precio inestimable de la sangre de Jesús. Dame un corazón digno de ti, para que, amando el recogimiento, sea mi delicia honrarte con el santo Rosario, adorando con él a tu Hijo por lo mucho que hizo por nuestra redención y por lo que te ensalzó haciéndote Madre suya. María, hoy te pedimos por las vocaciones sacerdotales: que tus hijos sean verdaderos apóstoles de Cristo y avancen con la Palabra de tu Hijo en los labios y en el corazón. Amén.

  8. Día 8 — «Ruega por nosotros, pecadores» La Madre de piedad

    Meditación

    «Ruega por nosotros, pecadores»: es la súplica más humilde del Avemaría. No nos presentamos como justos, sino como hijos que se saben pecadores y confían en la Madre. Solo a ella dijo el Rey de la gloria: «Tú eres mi Madre»; y a nosotros, desde la cruz, nos la dio por Madre. La Virgen de San Nicolás se presentó como Madre de un pueblo herido. Argentina vivía años difíciles, y ella vino a hablar de conversión y de esperanza. En sus mensajes hay una consagración breve que muchos rezan cada día: «¡Oh Madre! Quiero consagrarme a ti. Virgen María, hoy consagro mi vida a ti. Siento necesidad constante de tu presencia en mi vida, para que me protejas, me guíes y me consueles. Sé que en ti mi alma encontrará reposo; mi derrota se convertirá en victoria y mi fatiga, en ti, fortaleza es». Madre de piedad, ruega por nosotros: alcánzanos humildad y plena confianza, para recibir los favores de la divina misericordia por los méritos de tu Hijo. Hoy le pedimos también que nos ayude a ser buenos padres y madres: que nuestros hijos se nutran con nuestro ejemplo y podamos conducirlos hasta Jesús.

    Petición

    ¡Madre de piedad! Solo a ti dijo el Rey soberano de la gloria: «Tú eres mi Madre». Alcánzame humildad y plena confianza, para estar dispuesto, con el auxilio de Dios, a recibir los favores de la divina misericordia por los méritos de tu Hijo y Redentor nuestro. María, ayúdanos a ser buenos padres: que nuestros hijos se nutran con nuestro ejemplo y podamos conducirlos hasta tu Hijo. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

  9. Día 9 — «Ahora y en la hora de nuestra muerte» La entrega total

    Meditación

    El Avemaría termina mirando las dos horas decisivas: ahora y la hora de la muerte. Ahora, porque estamos siempre expuestos a perder la gracia de Dios y necesitamos a la Madre a cada instante. Y en la hora de la muerte, que será decisiva para nuestra suerte eterna, cuando ya nadie pueda ayudarnos sino ella. En San Nicolás, la Virgen ofreció a Gladys una promesa que repite a cada peregrino: «Quien acuda a mí no será rechazado». El 25 de cada mes, miles caminan hasta el Santuario junto al Paraná, muchos descalzos, muchos enfermos, para poner en sus manos la vida entera. Eso es lo que hacemos hoy, al terminar la novena: entregar lo que somos y lo que tenemos. Que ella dirija nuestras acciones para que sean alabanza suya; que nos dé un corazón grande, generoso, puro y transparente como el suyo, para combatir la indiferencia en el mundo. Y que no se aparte de nuestra memoria en el último momento de la vida: concédenos, Madre de piedad, el consuelo de morir bajo tu protección y en el amor de Jesús.

    Petición

    Ahora y en la hora de nuestra muerte estamos siempre expuestos a perder la gracia de Dios. Haz que no te apartes de mi memoria en el último momento de la vida, que será decisivo para mi suerte eterna. ¡Oh Madre de piedad! Concédeme el consuelo de morir bajo tu protección y en el amor de mi Jesús. María del Rosario, centro y eje de nuestra vida: te entrego lo que soy y lo que tengo; dirige mis acciones para que sean siempre alabanza tuya, y danos un corazón grande, generoso, puro y transparente como el tuyo, para combatir la indiferencia en el mundo. Amén.

Oración inicial

Madre, una gracia te pido: que me sanes en cuerpo y alma. Sé que debo despojarme de mi orgullo y de todos mis pecados. Qué lejos estaba de ti, qué negro velo cubría mi alma. Hoy te descubro y quiero vivir: detén tu mano, pósala en mi corazón y alegra mi alma. Amén. ¡Oh Madre y clementísima Virgen del Rosario! Tú que plantaste en la Iglesia, por medio de tu hijo predilecto Domingo, el místico árbol del santo Rosario: haz que todos abracemos esta santa devoción y gocemos de su verdadero espíritu, de modo que aquellas místicas rosas sean, en nuestros labios y en nuestro corazón, medicina para los pecadores y aumento de gracia para los justos. Con confianza te presento la gracia que deseo obtener con esta novena (menciona aquí tu petición). Amén.

Oración final

¡Oh Santísima Virgen, Madre de Dios, dulce refugio y consuelo piadoso de todos los afligidos! Por aquella confianza y autoridad de Madre con que puedes presentar nuestros ruegos al que es árbitro soberano de nuestro bien, empeña una y otra en favor nuestro. Consíguenos reformar nuestras vidas con el santo Rosario, estudiando en tan dulce libro la fiel imitación de tu Hijo Jesús, hasta que podamos adorarlo y amarlo por todos los siglos de los siglos. Amén. Santa María, Madre nuestra, que en cada misterio del santo Rosario nos brindas al Salvador: acudimos a ti necesitados. Nos alegramos de que, desde la cruz, el Señor Jesús, tu Hijo, te haya encomendado la misión de acercarnos a él y a su Iglesia por la conversión y la penitencia. Alentados por la confianza que nos inspiras, ponemos en tus manos maternales nuestras preocupaciones y temores; pero deseamos imitar tu fidelidad a Dios, aceptando con humildad y con amor todas las pruebas. ¡Madre nuestra del Rosario! Que tu presencia renueve nuestra vida, alivie nuestro ser agobiado por el sufrimiento y la enfermedad, y fortalezca nuestro amor a los demás, convirtiéndonos en testigos del amor del Padre, que no vaciló, por tu intermedio, en darnos a Jesús. Amén.

Invocaciones

En honor de las tres prerrogativas de la Santísima Virgen —Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo y Esposa de Dios Espíritu Santo—: Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.