Meditación
¿Qué me dice tu santa imagen, oh Madre del Perpetuo Socorro? Que eres Madre de Dios. Ese Niño que descansa en tus brazos y te llama Madre con cariño inefable es Dios, el Hijo de Dios, tu verdadero Hijo. Así lo dicen las letras que están junto a su rostro. Te lo anunció el arcángel san Gabriel cuando te saludó llena de gracia y bendita entre las mujeres. Lo viste nacer en Belén como un rayo de la Divinidad; tuviste la dicha de llevarlo en brazos y de vivir toda tu vida a su lado. Ni siquiera en la cruz quiso que te apartaras de él. ¡Madre de Dios! A cada instante, en todos los tiempos y lugares, la Iglesia se postra a tus pies y proclama el título que es la base de todas tus grandezas: Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros. Ante la Madre de Dios, ¿puede presentarse una pobre criatura pecadora? Las puertas de los palacios se cierran para los mendigos, pero las tuyas están abiertas de par en par para todos los pecadores y los desdichados. Y cuanto más pobres y desgraciados son, con más ternura los recibes. Por eso vengo a ti, Madre del Perpetuo Socorro, sin más título que mis miserias, y traigo escrito el memorial de todas mis amarguras. Mira la pena que hoy me trae hasta aquí: ya se desvanecieron todas mis esperanzas humanas, y solo me quedas tú. También la reina Ester, que era tu figura, se presentó triste ante el rey Asuero: «Señor, si he hallado gracia ante tus ojos, te pido gracia para mi pueblo, condenado a muerte injustamente». Y fue escuchada. Y yo también te digo, Madre de Dios y Madre mía: ten piedad de mí, que vivo entregado al dolor, al trabajo y a la injusticia de los hombres.
Petición
Madre del Perpetuo Socorro, nadie te llamó y quedó desamparado. En ti confío.