Novena a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro

Preparando la novena…

Sobre esta novena Las oraciones, el plan de los nueve días y cómo se reza

Novena a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro

Nueve días a la Madre que nunca llega tarde: cada día contemplamos una de sus advocaciones ante el santo ícono y le confiamos la gracia que más necesitamos.

Esta novena a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro se reza tradicionalmente durante los nueve días previos a su fiesta, el 27 de junio. Son nueve días consecutivos de oración: cada día se medita un aspecto distinto de la devoción y se presenta una petición propia. Si un día se interrumpe, aquí puedes retomarla donde quedaste.

Cómo se reza cada día

  1. Señal de la Cruz
  2. Oración inicial
  3. Meditación del día
  4. Petición del día
  5. 3 Avemarías
  6. Invocaciones
  7. Oración final
  8. Señal de la Cruz

Los nueve días completos

Abre cada día para leer su meditación y su petición. Es el mismo texto que usa el rezo guiado, disponible también sin JavaScript.

  1. Día 1 — Madre de Dios Su título de Madre de Dios

    Meditación

    ¿Qué me dice tu santa imagen, oh Madre del Perpetuo Socorro? Que eres Madre de Dios. Ese Niño que descansa en tus brazos y te llama Madre con cariño inefable es Dios, el Hijo de Dios, tu verdadero Hijo. Así lo dicen las letras que están junto a su rostro. Te lo anunció el arcángel san Gabriel cuando te saludó llena de gracia y bendita entre las mujeres. Lo viste nacer en Belén como un rayo de la Divinidad; tuviste la dicha de llevarlo en brazos y de vivir toda tu vida a su lado. Ni siquiera en la cruz quiso que te apartaras de él. ¡Madre de Dios! A cada instante, en todos los tiempos y lugares, la Iglesia se postra a tus pies y proclama el título que es la base de todas tus grandezas: Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros. Ante la Madre de Dios, ¿puede presentarse una pobre criatura pecadora? Las puertas de los palacios se cierran para los mendigos, pero las tuyas están abiertas de par en par para todos los pecadores y los desdichados. Y cuanto más pobres y desgraciados son, con más ternura los recibes. Por eso vengo a ti, Madre del Perpetuo Socorro, sin más título que mis miserias, y traigo escrito el memorial de todas mis amarguras. Mira la pena que hoy me trae hasta aquí: ya se desvanecieron todas mis esperanzas humanas, y solo me quedas tú. También la reina Ester, que era tu figura, se presentó triste ante el rey Asuero: «Señor, si he hallado gracia ante tus ojos, te pido gracia para mi pueblo, condenado a muerte injustamente». Y fue escuchada. Y yo también te digo, Madre de Dios y Madre mía: ten piedad de mí, que vivo entregado al dolor, al trabajo y a la injusticia de los hombres.

    Petición

    Madre del Perpetuo Socorro, nadie te llamó y quedó desamparado. En ti confío.

  2. Día 2 — Madre nuestra Eres mi Madre

    Meditación

    ¿Qué me dice tu santa imagen, oh Madre del Perpetuo Socorro? Que eres mi Madre. El Hijo de Dios, que es a la vez tu Hijo, descansa en tus brazos; y el hijo pecador, que soy yo, reza a tus pies. Jesús busca consuelo en tu corazón y aprieta tus manos, y tú lo recibes con amor. ¡Es tu Hijo! Pero, al verme rezar a tus pies, cargado de culpas y abatido por tantos males, también me miras a mí. ¡Y qué mirada la tuya, tan dulce y compasiva! Solo las madres miran así. No me extraña: también yo soy tu hijo. Madre mía, si no tienes brazos para llevarme, déjame apoyar mi frente en tu corazón y contarte allí mis penas. Los hijos no necesitan muchas palabras para que su madre adivine sus dolores. Mírame, y verás en mis ojos que estoy triste, que me ahogo entre sombras, que estoy solo y que sin ti la vida me resulta imposible. Nunca con más verdad que hoy te he dicho: Madre mía, solo tú me puedes salvar. ¿Me oyes? La fe me dice que sí, y mi corazón halla en eso un consuelo inmenso. Me oyes, y tu corazón de Madre se compadece de mí. Ahí tienes en tus brazos a Jesús, tu Hijo y hermano mío; pídele por mí. Las oraciones de las madres siempre encuentran eco en su corazón: a una le devolvió el hijo que llevaban a enterrar; a otra le libró a su hija del demonio. ¿Vas a ser tú, Madre del Perpetuo Socorro, menos escuchada que aquellas madres? Pensarlo me parece imposible. Dile, pues, a tu Hijo: «Hijo mío, esta alma está atormentada por muchos males y un gran dolor le tortura el corazón. Óyela, cúrala, sálvala».

    Petición

    Madre mía, estoy en tus manos y en las manos de Jesús.

  3. Día 3 — Corredentora del mundo Asociada a la Redención

    Meditación

    ¿Qué me dice tu santa imagen, oh Madre del Perpetuo Socorro? Que eres corredentora del mundo. En la gran historia de la Redención, junto a los ángeles que llevan los signos de la Pasión, avanzan los dos protagonistas de esa obra divina: Cristo Jesús y tú, Madre mía. No vivo entre sombras: camino a la luz de la fe. Por eso creo y confieso que solo mi Dios y Señor Jesucristo podía redimirme. Creo y confieso que, para glorificarte y por designios altísimos, Dios te asoció a esa gran obra de la Redención. Creo y confieso que, habiendo elegido Jesús la cruz como instrumento de salvación, no hay redención sin cruz para nadie. Creo y confieso que mis dolores y mis penas, las angustias del alma y las del cuerpo, son los instrumentos con que la Providencia amorosa purifica mi alma, repara mis pecados y me acerca a Jesús. Pero también creo que Dios sabe mezclar y santificar las tristezas y las alegrías, y que nos lleva al cielo a veces entre lágrimas, a veces entre himnos de gratitud y de amor. Adoro, Madre mía, los planes de Dios sobre mí. Permíteme, sin embargo, decirte como Jesús en el Huerto de los Olivos: «Aparta de mí este cáliz; cura mis dolores, remedia mis penas, que mi corazón rebosa de amargura».

    Petición

    Madre mía, cúrame, sálvame, y cantaré tus misericordias por los siglos de los siglos.

  4. Día 4 — Dispensadora de las gracias Dueña de los bienes de Dios

    Meditación

    ¿Qué me dice tu santa imagen, oh Madre del Perpetuo Socorro? Que eres, por voluntad de Dios, dueña de todos sus bienes y dispensadora de todas sus gracias. Cuando la Iglesia te llama Madre de la Divina Gracia, proclama que eres Madre de Jesús, que es la gracia y la vida del mundo. Cuando te llama Auxilio de los cristianos, confiesa que eres el amparo de su pueblo en los momentos más difíciles. Y cuando te llamamos Madre del Perpetuo Socorro, reconocemos que eres la depositaria de todos los bienes de Dios; y no lo serías si tu misericordia y tu poder no alcanzaran a todos los hombres hasta el fin del mundo. Por eso vengo a tus pies y te suplico de corazón. Si acudo a los santos, ellos acuden a tu poder; si acudo a Jesús, Jesús me envía a ti, porque él mismo te hizo dispensadora de todos sus bienes. Aquí estoy, llamando con fe y confianza a las puertas de tu misericordia. Escúchame, y diré con tu gran siervo san Alfonso: «Todo el bien que recibimos de Dios nos llega por la intercesión de María». Escúchame, y mi corazón repetirá agradecido lo que enseñó el papa san Pío X: que todas las gracias que Dios concede a los hombres dispuso que pasaran por las manos de la Virgen Santísima.

    Petición

    Escúchame, y mi vida entera dirá a todos: «Con la Virgen del Perpetuo Socorro me vino todo bien; bendita y alabada sea por los siglos de los siglos».

  5. Día 5 — Reina de los ángeles Los arcángeles a su lado

    Meditación

    ¿Qué me dice tu santa imagen, oh Madre del Perpetuo Socorro? Que eres Reina de los ángeles. Por eso tienes a tu lado a los dos grandes príncipes del cielo, que esperan tus órdenes y reconocen tu autoridad. Yo he ido llamando de puerta en puerta, y todas se me cerraron: la de la riqueza, la de la amistad, la de la gratitud, la del saber, la del poder, y hasta la de la caridad. Solo una puerta me queda abierta: aquella donde tu Perpetuo Socorro me aguarda con los tesoros de tu poder y de tu misericordia. Madre mía, un ángel guió a Tobías en su viaje y llevó a su familia, de parte de Dios, la salud y la alegría. Otro ángel bajó a la cueva oscura donde estaba encerrado el profeta Daniel para darle alimento y consuelo. También a tu lado están esos dos arcángeles del cielo: san Rafael y san Gabriel. Diles que me ayuden y me salven, y al instante cesarán los dolores que me atormentan. ¿Es Satanás el que, con permiso de Dios, me persigue como al santo Job? ¿Son los hombres los que, injustos, se ensañan conmigo? Hay momentos, Madre mía, en que la tristeza y el desaliento me ahogan.

    Petición

    Madre mía, que esos arcángeles me traigan el bálsamo de tu misericordia. Pero que no se haga mi voluntad, sino la de Dios.

  6. Día 6 — Consoladora de las penas Consuelo en el dolor

    Meditación

    ¿Qué me dice tu santa imagen, oh Madre del Perpetuo Socorro? Que eres la consoladora de toda pena. Todo en tu imagen me habla de la Pasión de Cristo y de la tuya: la cruz, la lanza, la esponja y, sobre todo, tu mirada llena de amargura ante el Hijo de tu alma. Ahí está el Calvario entero. Tú y Jesús sois las dos víctimas: él derramará su sangre, y tú, Madre mía, todas las lágrimas del dolor. Y esa pasión tuya duró toda la vida: aun siendo Jesús niño en tu regazo, ya la visión de sus tormentos te amargaba. También para mí hay una cruz; también yo tengo mi Gólgota. Lo dijo Jesús: «El que quiera venir detrás de mí, que cargue con su cruz y me siga». Y san Pablo escribió: «Todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús sufrirán persecución». Adoro, Madre mía, la voluntad de Dios, y te digo lo que le decía tu devoto san Alfonso: «Si quieres que sea perseguido, despreciado o calumniado; si quieres que esté enfermo o que padezca en el alma y en el cuerpo, hágase tu voluntad». Pero el mismo Jesús que me prueba quiere que acuda a ti con confianza. Por eso acudo a ti, consuelo de los afligidos; por eso llamo a tu puerta, alegría de los tristes y esperanza de los desesperados; por eso invoco tu nombre, que encierra toda bondad: Madre del Perpetuo Socorro.

    Petición

    Madre, consuélame y ampárame, y mi corazón te amará para siempre.

  7. Día 7 — Última esperanza Cuando todo se cierra

    Meditación

    ¿Qué me dice tu santa imagen, oh Madre del Perpetuo Socorro? Que eres la última esperanza del hombre en esta vida. Que cuando todo nombre se apaga en un alma sombría y sin luz, solo tu nombre del Perpetuo Socorro brilla en el fondo como la última sonrisa de la misericordia de Dios. Ese Hijo divino que llevas en brazos ha visto ya los tormentos que le esperan, y mira con pena cómo el hombre se aparta de él: por eso una de sus sandalias cuelga, casi suelta. Y, sin embargo, no se desprende del todo, porque Dios nunca abandona por completo al hombre. ¡Qué lección la de la justicia y la misericordia de Dios! Hemos pecado, y la justicia divina nos condena; nuestro pecado contra un Dios que murió por nosotros es demasiado grande, y huimos de él sin atrevernos a esperar perdón. Pero no logramos separarnos del todo de Dios, porque no nos resolvemos a decir adiós a su Madre, que es también la nuestra. Su amor y su nombre los llevamos muy dentro: una sola correa nos sigue uniendo a Jesús, y es la devoción a su Madre. Ante los moribundos, la Iglesia reza por ellos: «Acuérdate, Señor, de que, a pesar de los pecados de su juventud, no negó la fe». Y yo te digo: Madre mía, dos cosas guardo como mi mayor esperanza: la fe en Jesús y tu amor. Por eso vengo hoy a tus pies. El mundo me rechaza, los hombres me abandonan, mi familia me olvida y hasta mi conciencia me acusa; los males me cercan y los dolores me atormentan.

    Petición

    Madre mía, tú eres mi última esperanza. A ti acudo: necesito un milagro y te lo pido; lo espero, y mi vida entera te alabará.

  8. Día 8 — Estrella del mar Guía en la tormenta

    Meditación

    ¿Qué me dice tu santa imagen, oh Madre del Perpetuo Socorro? Que en la noche de la tormenta tú eres la estrella que brilla en el cielo de la vida, luz y guía de los navegantes. Por eso el artista que pintó tu imagen dibujó una estrella en tu frente. Y por eso la Iglesia te invoca en la letanía: Estrella de la mañana, ruega por nosotros. San Bernardo, heraldo de tus grandezas, dice a cuantos navegan hacia el cielo: «Cuando te envuelvan las nieblas, cuando bramen los vientos y las olas se levanten amenazando con la muerte, mira a esta estrella, llama a María». Por eso los marineros te invocan en plena tempestad. Más de una vez apareciste tú, Madre del Perpetuo Socorro: te invocaron en medio de la tormenta y se calmaron las olas. Aquí me tienes, Madre del Perpetuo Socorro: un alma que navega por el mar de la vida hacia el puerto del cielo, y a la que la tormenta ha sorprendido. ¡Soy un náufrago! Las olas de las tentaciones me ahogan, y los vientos del dolor y de la necesidad me lanzan contra los escollos de la desesperación. Solo me queda una tabla a la que aferrarme: tu nombre bendito. Y solo veo una estrella en este cielo oscuro: la que brilla en tu frente. La vi de niño como una sonrisa de tu amor; la veo ahora como una mirada de tu misericordia. Y me parece que me dices: «Ten esperanza; los míos no se hunden jamás. Naufragan, pero mis brazos los recogen».

    Petición

    Lo sé, Madre mía, lo creo; lo he experimentado mil veces. Sálvame una vez más. Estrella que brillas en la frente de mi Madre del Perpetuo Socorro, guíame: voy a ti, voy a Dios, voy al cielo. ¡Gracias, Madre mía!

  9. Día 9 — Perpetuo Socorro de todos Socorro en todo tiempo

    Meditación

    ¿Qué me dice tu santa imagen, oh Madre del Perpetuo Socorro? Que eres de verdad lo que tu nombre encierra: socorro perpetuo de todos los hombres y, por tanto, socorro mío. Eres socorro de todos los hombres. Eva, dice san Bernardo, fue la desgracia de todos sus hijos; pero tú, Madre mía, has sido nuestra bendición. Al nacer, todos levantan los ojos a ti y ven en ti a la Madre que aplasta la cabeza de la serpiente, la que quiere envenenarnos con la culpa y la muerte. Eres socorro en todos los tiempos. Desde que fuiste elegida para ser Madre de Dios y Madre nuestra, tus manos no han dejado de derramar sobre el mundo la lluvia de las gracias de Dios; y aun cuando se apague el sol, seguirás repartiendo las alegrías de su gloria. Eres socorro en todas las edades de la vida. El niño te envía besos; el joven te cuenta sus luchas; el adulto te consulta sus proyectos; las familias rezan a tus pies; y los ancianos entran confiados en la eternidad cuando, al morir, han podido dirigirte una última mirada. Eres socorro en todas las penas: cuando el cuerpo sufre, cuando la conciencia se inquieta, cuando la tristeza clava sus garras, cuando falta el pan y huye la paz, cuando la familia nos deja y el mundo nos persigue, aún hay un lugar seguro donde podemos bendecir a Dios: tu corazón, Madre del Perpetuo Socorro. Por eso acudo a ti, y te llamo y te invoco, y no me cansaré de hacerlo hasta que oigas mi voz. Hace nueve días que vengo a tus pies a pedirte un milagro, porque solo tú me puedes salvar. Adoro la voluntad de Dios, pero confío en ti: si hace falta venir mil veces, aquí me tendrás.

    Petición

    ¡Oh Madre del Perpetuo Socorro! Por la gloria de tu nombre, que llena el mundo y ha consolado a tantos tristes, curado a tantos enfermos y amparado a tantos huérfanos, mírame y sálvame.

Oración inicial

¡Oh Madre del Perpetuo Socorro! Tú conoces todos los dolores de mi vida y, sobre todo, la pena tan grande que hoy me trae a tus pies. Adoro la voluntad de Dios y beso resignado su mano cuando me prueba; y hoy, como ayer y como siempre, confío en su poder infinito y en su misericordia sin límites. Pero él puso en tu corazón las riquezas de su bondad, y en tus manos, los tesoros de su poder. Por eso acudo a ti, Madre mía del Perpetuo Socorro. Señora y Madre mía, las sombras del dolor me envuelven por todas partes, y no sé a qué puerta llamar para hallar algún consuelo en esta amargura que me ahoga. Unos me son adversos, otros me persiguen, otros me olvidan, y los más me miran con indiferencia; y los pocos que parecen compadecerse de mí se confiesan incapaces de remediar mi mal. Solo me quedas tú, Madre mía del Perpetuo Socorro. Por eso acudo a ti lleno de confianza y de amor. ¡Eres la Madre de Dios! ¡Eres mi Madre! Jesús aprieta tus manos para poner en ellas su misericordia y su amor; y el primer milagro de su vida lo hizo movido por tu súplica: ¿no puedes hacer ahora otra igual en favor mío? Madre mía del Perpetuo Socorro, vengo a pedirte un milagro, y que ese milagro sea para gloria de Dios, alabanza tuya y bien de mi alma. (Aquí se hace la petición). Aquí vendré nueve días seguidos. ¿Quedará tu corazón de Madre insensible a mis humildes súplicas? Porque eres buena, porque eres fiel, porque eres, por voluntad de Dios, dueña de todos sus tesoros, por eso confío en ti. ¡Oh Madre del Perpetuo Socorro, en ti confío!

Oración final

¡Oh María! Ya que, para inspirarme confianza, quisiste llamarte Madre del Perpetuo Socorro, yo, aunque indigno de contarme entre tus siervos, deseando participar de tu misericordia, me postro ante ti y te consagro mi entendimiento, para que piense siempre en el amor que mereces; te consagro mi lengua, para que alabe tus grandezas y propague tu devoción; te consagro mi corazón, para que, después de Dios, te ame sobre todas las cosas. Recíbeme, ¡oh gran Reina!, entre tus siervos; acógeme bajo tu protección; socórreme en todas mis necesidades, espirituales y materiales, y muy especialmente en la hora de mi muerte. ¡Oh Madre del Perpetuo Socorro! Sé que me amas más de lo que yo mismo puedo amarme; por eso te confío el gobierno de mi vida y de todas mis cosas. Dispón de mí libremente, como mejor te agrade. Bendíceme, ¡oh Madre mía!, y con tu poderosa intercesión fortalece mi debilidad, para que, sirviéndote fielmente en esta vida, pueda alabarte, amarte y darte gracias en la otra por toda la eternidad. ¡Oh Madre, Madre del Perpetuo Socorro, ruega por mí! Seas amada, seas alabada, seas invocada, seas eternamente bendita, oh Virgen del Perpetuo Socorro, mi esperanza, mi amor, mi Madre, mi refugio y mi vida. Amén.

Invocaciones

¡Oh Madre mía, Perpetuo Socorro de todos los que sufren y de todos los que lloran! Déjame apoyar mi frente abatida sobre tu corazón de Madre, contarte mis penas y exponerte mis deseos, porque solo tú eres mi esperanza en esta hora tan triste, en que me acosan todos los males. Por tu alegría inefable cuando, por un prodigio de Dios, fuiste a la vez Virgen y Madre. ¡Oh Madre del Perpetuo Socorro, óyeme! Por tu gozo dulcísimo cuando Jesús se miró por primera vez en tus ojos y te llamó Madre. ¡Oh Madre del Perpetuo Socorro, óyeme! Por la alegría de tu corazón cuando viste que tu Hijo atendía tu súplica y hacía el primer milagro en las bodas de Caná. ¡Oh Madre del Perpetuo Socorro, óyeme! Por la satisfacción de tu espíritu al contemplar los milagros de Jesús en favor de los hombres, sus hermanos y tus hijos. ¡Oh Madre del Perpetuo Socorro, óyeme! Por tu gozo divino cuando viste a Jesús obrar el mayor de los milagros, la Eucaristía, vida y alimento de todos tus hijos. ¡Oh Madre del Perpetuo Socorro, óyeme! Por tu mirada de misericordia. ¡Oh Madre del Perpetuo Socorro, óyeme! Por tu nombre de Madre del Perpetuo Socorro, signo de poder y de bondad. ¡Oh Madre del Perpetuo Socorro, óyeme! Por los continuos y admirables milagros que haces en favor de quienes invocan tu dulce nombre. ¡Oh Madre del Perpetuo Socorro, óyeme! Para que el poder de Jesús sea reconocido y celebrado. ¡Oh Madre del Perpetuo Socorro, óyeme! Para que tu amor y tu misericordia sean glorificados por todos. ¡Oh Madre del Perpetuo Socorro, óyeme! Para que mi corazón, agradecido, te ame y te invoque siempre. ¡Oh Madre del Perpetuo Socorro, óyeme! Para que tu nombre sea en todo el mundo conocido, amado y alabado. ¡Oh Madre del Perpetuo Socorro, óyeme!