Meditación
Catalina Labouré era una campesina de Borgoña, huérfana de madre desde niña. A los nueve años, al volver del entierro, subió a una silla, abrazó la imagen de la Virgen y le dijo: «Ahora tú serás mi madre». En 1830, con veinticuatro años, entró como novicia en las Hijas de la Caridad, en la casa de la rue du Bac, en París. La noche del 18 al 19 de julio, la despertó una voz: «¡Hermana Labouré!». Un niño vestido de luz —su ángel de la guarda— la condujo a la capilla, iluminada como para una fiesta. Oyó el roce de un vestido de seda: la Virgen bajó las gradas del altar y se sentó en el sillón del director. Catalina corrió a arrodillarse a sus pies y apoyó las manos sobre sus rodillas, como una hija pequeña con su madre. «Fue el momento más dulce de mi vida», diría después. «Hija mía, Dios quiere confiarte una misión», le dijo la Virgen. «Tendrás que sufrir, pero lo soportarás pensando que lo haces por la gloria de Dios. Ven al pie de este altar: aquí las gracias se derramarán sobre todos los que las pidan con confianza». Contemplemos la alegría de Catalina y pidamos su confianza: también nosotros podemos apoyar la frente en las rodillas de nuestra Madre y contarle todo.
Petición
Reina de los ángeles, celestial María, que enviaste a uno de esos espíritus del cielo para anunciar a sor Catalina que la esperabas en la capilla, y permitiste que pusiera sus brazos sobre tus rodillas como una madre recibe a su hijo pequeño: concédenos una viva confianza en la virtud de tu Medalla; que sea el escudo santo que nos defienda de nuestro enemigo, y que en la hora de nuestra muerte merezcamos descansar en tus brazos maternales, para que, conducidos por nuestro ángel custodio, seamos introducidos en tu palacio celestial y gocemos de tu compañía por toda la eternidad. Amén.