Novena a la Virgen de la Medalla Milagrosa

Preparando la novena…

Sobre esta novena Las oraciones, el plan de los nueve días y cómo se reza

Novena a la Virgen de la Medalla Milagrosa

Nueve días con la Inmaculada de las manos abiertas: los rayos de sus gracias, la Medalla que ella misma diseñó y la jaculatoria que enseñó a santa Catalina.

Esta novena a Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa se reza tradicionalmente durante los nueve días previos a su fiesta, el 27 de noviembre. Son nueve días consecutivos de oración: cada día se medita un aspecto distinto de la devoción y se presenta una petición propia. Si un día se interrumpe, aquí puedes retomarla donde quedaste.

Cómo se reza cada día

  1. Señal de la Cruz
  2. Oración inicial
  3. Meditación del día
  4. Petición del día
  5. 3 Avemarías
  6. Invocaciones
  7. Oración final
  8. Señal de la Cruz

Los nueve días completos

Abre cada día para leer su meditación y su petición. Es el mismo texto que usa el rezo guiado, disponible también sin JavaScript.

  1. Día 1 — La primera aparición La confianza de una hija

    Meditación

    Catalina Labouré era una campesina de Borgoña, huérfana de madre desde niña. A los nueve años, al volver del entierro, subió a una silla, abrazó la imagen de la Virgen y le dijo: «Ahora tú serás mi madre». En 1830, con veinticuatro años, entró como novicia en las Hijas de la Caridad, en la casa de la rue du Bac, en París. La noche del 18 al 19 de julio, la despertó una voz: «¡Hermana Labouré!». Un niño vestido de luz —su ángel de la guarda— la condujo a la capilla, iluminada como para una fiesta. Oyó el roce de un vestido de seda: la Virgen bajó las gradas del altar y se sentó en el sillón del director. Catalina corrió a arrodillarse a sus pies y apoyó las manos sobre sus rodillas, como una hija pequeña con su madre. «Fue el momento más dulce de mi vida», diría después. «Hija mía, Dios quiere confiarte una misión», le dijo la Virgen. «Tendrás que sufrir, pero lo soportarás pensando que lo haces por la gloria de Dios. Ven al pie de este altar: aquí las gracias se derramarán sobre todos los que las pidan con confianza». Contemplemos la alegría de Catalina y pidamos su confianza: también nosotros podemos apoyar la frente en las rodillas de nuestra Madre y contarle todo.

    Petición

    Reina de los ángeles, celestial María, que enviaste a uno de esos espíritus del cielo para anunciar a sor Catalina que la esperabas en la capilla, y permitiste que pusiera sus brazos sobre tus rodillas como una madre recibe a su hijo pequeño: concédenos una viva confianza en la virtud de tu Medalla; que sea el escudo santo que nos defienda de nuestro enemigo, y que en la hora de nuestra muerte merezcamos descansar en tus brazos maternales, para que, conducidos por nuestro ángel custodio, seamos introducidos en tu palacio celestial y gocemos de tu compañía por toda la eternidad. Amén.

  2. Día 2 — Las lágrimas de María El dolor de la Madre

    Meditación

    En aquella primera noche, la Virgen habló a Catalina de los tiempos que se avecinaban: «Vienen desgracias sobre Francia; el trono será derribado, el mundo entero se verá trastornado por males de toda clase». Y mientras lo decía, contaba Catalina, «tenía un aire de dolor» y sus ojos se llenaron de lágrimas. Diez días más tarde estallaba en París la revolución de julio. María lloraba por lo que iba a sufrir la Iglesia: la cruz despreciada, el Corazón de su Hijo ultrajado, sus hijos perseguidos. Pero no lloraba con desesperanza. Añadió enseguida: «Pero venid al pie de este altar. Aquí las gracias serán derramadas sobre todos, grandes y pequeños, que las pidan con confianza y fervor». Las lágrimas de una madre no son debilidad: son amor que no se resigna. Cada vez que el mundo se aleja de Dios, María intercede, y nosotros, sus hijos, estamos llamados a consolarla participando del fruto de sus lágrimas: la conversión. Contemplemos a María llorando por los males del mundo, y confiemos en la Virgen compasiva.

    Petición

    ¡Amorosa Madre mía! Qué gozo siente mi alma al meditar en los deseos que tienes de concederme tus favores. Cuando sor Catalina te preguntó por qué algunas piedras de tus anillos no despedían luz, le dijiste: «Esos rayos que no llegan a la tierra significan las gracias que no concedo a los hombres, porque no me las piden». ¡Oh Madre amantísima! Que todos acudamos a ti como remedio de nuestros males y no queden defraudados nuestros deseos. Que las tinieblas sean iluminadas por esos rayos de amor y de ternura; que todos nos dejemos guiar por la luz de la fe, e interpón tu poderosa intercesión ante Jesucristo para que perdone nuestros pecados y nos conduzca a la vida eterna. Amén.

  3. Día 3 — «Yo misma estaré con vosotros» La protección de María

    Meditación

    «Yo misma estaré con vosotros; no os pierdo de vista y os concederé abundantes gracias», dijo la Virgen a Catalina aquella noche. Era una promesa para su comunidad, pero también para cada uno de los que acudieran a ella con confianza. Catalina lo experimentó durante toda su vida. Guardó el secreto de las apariciones durante cuarenta y seis años; solo su confesor lo conocía. Sirvió en silencio a los ancianos del hospicio de Enghien: cocina, portería, gallinero, enfermería. Nadie sospechaba que aquella hermana sencilla había visto a la Madre de Dios. Y la Virgen cumplió su palabra: la sostuvo, la protegió, la hizo santa en lo escondido. Dios ha puesto en las manos de María los tesoros del cielo, y ella se queja, con dulzura, de que sus hijos pierden tantas gracias por no acudir a su valimiento. No perdamos las nuestras. Ella está con nosotros y no nos pierde de vista. Pidamos hoy sentir su protección en todas las necesidades del alma y del cuerpo.

    Petición

    Dignísima Madre de Dios y Madre nuestra: en ti ponemos toda nuestra esperanza, sabiendo que tu Santísimo Hijo ha puesto en tus manos todos los tesoros del cielo para enriquecer con ellos a los que acuden a ti pidiendo protección. Quisiste aparecer en estos últimos tiempos con las manos cargadas de gracias, y te quejaste con dulzura a tu humilde sierva, sor Catalina, del abandono de tantos que se privan de tus dones por no acudir a ti. Aquí estamos, Madre cariñosa, alegrándonos de tus grandezas y dando por ellas alabanza a la Santísima Trinidad. En memoria de tus privilegios te suplicamos que nos ampares todos los días, hasta que podamos vivir contigo en el cielo por toda la eternidad. Amén.

  4. Día 4 — La segunda aparición La Inmaculada vence al enemigo

    Meditación

    El sábado 27 de noviembre de 1830, a las cinco y media de la tarde, durante la meditación de la comunidad, Catalina oyó otra vez el roce de la seda. La Virgen estaba de pie sobre un globo blanco, vestida de blanco, con un velo que le caía hasta los pies; bajo ellos, una serpiente verde que su pie aplastaba. En las manos sostenía un pequeño globo de oro, que ofrecía a Dios: «representa al mundo entero y a cada persona en particular». De pronto sus manos se abrieron hacia abajo y de los anillos de sus dedos brotaron rayos de luz que cubrieron el globo a sus pies. Alrededor de la Virgen se formó un óvalo con letras de oro: «Oh María, sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a ti». Es la Mujer del Génesis y del Apocalipsis: la Inmaculada que pisa la cabeza de la serpiente. Veinticuatro años antes de que Pío IX proclamara el dogma, María se presentaba en París como la Concebida sin pecado. Y en esa imagen se lee su deseo más profundo: protegernos siempre del enemigo de nuestra salvación. Invoquémosla con confianza y amor, y pidamos la fuerza de vencer las tentaciones.

    Petición

    Virgen Santísima, que agradaste tanto al Señor que mereciste ser la Madre Inmaculada, enriquecida por Dios con todo género de bendiciones: haz que sigamos tus ejemplos sublimes, imitando sobre todo tu profunda humildad, tu amor al Señor y tu compasión con el prójimo. Nos has entregado tu Medalla y has empeñado tu palabra de concedernos cuanto te pidamos, con tal de que la llevemos con devoción, confesemos tu Purísima Concepción y te invoquemos confiados. Haz, Señora nuestra, que escuchemos tus avisos, y que en las luchas y penas de esta vida exclamemos con la jaculatoria que tú misma nos enseñaste: «¡Oh María, sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a ti!». Amén.

  5. Día 5 — Las manos de María Los rayos de la gracia

    Meditación

    Catalina vio que los rayos que salían de las manos de la Virgen no eran todos iguales: algunos anillos brillaban con fuerza y otros no despedían luz alguna. Preguntó por qué, y oyó en su interior: «Estos rayos son el símbolo de las gracias que derramo sobre las personas que me las piden. Las piedras que no dan luz son las gracias que se olvidan de pedirme». Qué palabra tan sencilla y tan seria: hay gracias preparadas para nosotros que se quedan sin salir de las manos de María porque nadie las pide. No es que Dios sea avaro; es que nosotros somos distraídos. La Virgen de la Medalla tiene las manos abiertas hacia la tierra, no hacia el cielo: está toda vuelta a nosotros. Los rayos caen sobre el globo, es decir, sobre el mundo entero y sobre cada persona en particular. Ninguna necesidad es demasiado pequeña ni demasiado grande para esas manos. No desperdiciemos tantas gracias. Pidamos con fervor, con humildad y con perseverancia, y María Inmaculada nos las alcanzará.

    Petición

    Madre Purísima, delicia del cielo y consuelo de los hijos de Adán: ¡cuál sería la alegría de sor Catalina al verte tan resplandeciente y hermosa, y cuál su sorpresa al oír que era tu voluntad que se acuñara una medalla según el modelo que tenía ante sus ojos, prometiendo muchas gracias a cuantos la llevaran con devoción! Te suplico, Madre amantísima, que sepamos aprovechar los medios que pones en nuestras manos para nuestra santificación y la del prójimo. Que no nos contentemos con llevar tu santa Medalla sobre el pecho, sino que procuremos dar a conocer esta devoción, para que todos alcancen las gracias que derramas a manos llenas sobre tus devotos. Haz que experimente la dulzura de tu amor y que, participando de tus favores en vida y en muerte, merezca habitar contigo en el cielo por toda la eternidad. Amén.

  6. Día 6 — «Haz acuñar una medalla» El don de la Medalla

    Meditación

    Mientras Catalina contemplaba la visión, oyó una voz: «Haz acuñar una medalla según este modelo. Las personas que la lleven recibirán grandes gracias, sobre todo si la llevan al cuello. Las gracias serán abundantes para los que la lleven con confianza». Entonces el cuadro giró y vio el reverso: la letra M coronada por una cruz, y debajo, dos corazones —uno rodeado de espinas, el otro atravesado por una espada—, todo dentro de un círculo de doce estrellas. Dos años tardó el confesor de Catalina en convencer al arzobispo de París. La Medalla se acuñó por fin en 1832, en plena epidemia de cólera. Las Hijas de la Caridad la repartieron entre los enfermos, y las curaciones, conversiones y protecciones fueron tantas que el pueblo la llamó, sin que nadie lo decidiera, «la Medalla Milagrosa». En 1836 la Iglesia reconoció las apariciones. En 1842, el judío Alfonso Ratisbonne, que la llevaba por apuesta, se convirtió en Roma tras ver a la Virgen tal como aparece en la Medalla. La Medalla no es un amuleto: es un pequeño catecismo de metal, obra de María, que nos recuerda su Concepción Inmaculada, la Cruz, los dos Corazones y su intercesión. Llevarla es decirle cada día: «recurro a ti». Guardemos con fervor la santa Medalla, y ella, como escudo, nos protegerá en los peligros.

    Petición

    No es posible dudar, cariñosa Madre, de la eficacia sobrenatural que has concedido a tu Medalla. Le dijiste a sor Catalina: «Cuantos la lleven puesta y recen con devoción esta oración experimentarán mi protección». Así lo confirman tantos prodigios y conversiones de pecadores obstinados que, al contacto de tu Medalla, vuelven a Dios pidiendo perdón. La Medalla Milagrosa es obra tuya, María: nos la has traído del cielo para enriquecernos con los tesoros celestiales. Felices los que la llevan con devoción, porque, después de ampararlos en la vida, será en la hora de su muerte la llave dorada que les abra las puertas de la gloria. Amén.

  7. Día 7 — Abogada y refugio María, nuestra defensa

    Meditación

    En la Medalla, María aparece como la Inmaculada: el modelo acabado de pureza y santidad. Pero no está lejos, en un pedestal: está de pie sobre el mundo, con las manos abiertas hacia nosotros, y las doce estrellas del reverso son la Iglesia entera que ella abraza. Catalina, que la vio, nunca se sintió por encima de nadie. Pidió que la aparición se mantuviera en secreto y vivió los años que le quedaron cuidando ancianos. Solo en 1876, meses antes de morir, contó todo a su superiora para que se cumpliera el último deseo de la Virgen: una imagen con el globo en las manos. Murió el 31 de diciembre de ese año. Cuando en 1933 abrieron su sepultura, su cuerpo estaba incorrupto; hoy descansa bajo el altar de la capilla de la rue du Bac, junto al sillón donde se sentó la Virgen. Pío XII la canonizó en 1947 y la llamó «la santa del silencio». María es abogada: habla por nosotros ante su Hijo. Es refugio: en ella podemos escondernos cuando el mal aprieta. Es fortaleza en la vida y en la muerte, consuelo y gloria en el cielo. Acudamos a ella sobre todo en el momento de la tentación, y pidamos que ninguna impureza tenga entrada en nuestro corazón.

    Petición

    ¡Oh Virgen Milagrosa, Reina excelsa, Señora Inmaculada! Sé mi abogada, mi refugio y mi asilo en la tierra, mi fortaleza y defensa en la vida y en la muerte, mi consuelo y mi gloria en el cielo. Virgen Inmaculada, que así te presentas en tu Medalla para que fijemos los ojos en ese modelo acabado de pureza y santidad: atráenos hacia ti con el aroma de tus virtudes; sé la estrella que guíe nuestros pasos en esta larga peregrinación; escucha nuestros ruegos, sobre todo en el momento de la tentación, y no permitas que el vicio impuro, tan aborrecido por ti, tenga jamás entrada en nuestro corazón, para que, imitándote en esta virtud tan hermosa, seamos admitidos en las moradas eternas del Cordero. Amén.

  8. Día 8 — Luz para la inteligencia, fuego para el corazón Fe, esperanza y caridad

    Meditación

    Los rayos que salen de las manos de María no solo alcanzan las necesidades del cuerpo. Catalina los describió como una luz «deslumbrante», y lo primero que hacen en el alma es iluminar: ayudarnos a conocer mejor el bien, a distinguir la verdad de la mentira, a ver la propia vida con los ojos de Dios. Después, esa luz calienta. La Virgen de la Medalla no vino a dar un mensaje de castigo, aunque anunció pruebas; vino a encender la fe en un siglo que la estaba perdiendo, a devolver la esperanza a los que sufrían y a mover a la caridad a quienes la llevaban. Por eso pidió a Catalina que su comunidad volviera al fervor de sus fundadores, san Vicente de Paúl y santa Luisa de Marillac, los servidores de los pobres. La Medalla, colgada al cuello, está cerca del corazón. Es su sitio: ahí donde nacen los pensamientos y las decisiones, ahí quiere María irradiar su luz. Pidamos hoy que los rayos de sus manos iluminen nuestra inteligencia y enciendan en nuestro corazón la fe, la esperanza y la caridad.

    Petición

    ¡Oh Virgen Inmaculada de la Medalla Milagrosa! Haz que los rayos luminosos que irradian tus manos virginales iluminen mi inteligencia para conocer mejor el bien y abrasen mi corazón con vivos sentimientos de fe, esperanza y caridad. Soberana Señora y Madre nuestra, que no contenta con rogar constantemente a Jesús por nosotros en el cielo, bajas a la tierra para manifestarnos los deseos que tienes de nuestro bien: concédenos la gracia de escuchar tus amorosos avisos y de volver a Dios, como le decías a sor Catalina. Que los padres eduquen a sus hijos en el santo temor del Señor, que los hijos sigan los consejos de sus mayores, y que todos fijemos la mirada en la Cruz redentora que tú levantas en tu santa Medalla, porque en ella está nuestra dicha. Amén.

  9. Día 9 — La cruz de la Medalla De la confianza al cielo

    Meditación

    En el reverso de la Medalla, sobre la inicial de María, se alza una cruz. No hay Medalla sin cruz, como no hay María sin Jesús: todo lo que ella tiene le viene de él. Los dos corazones del reverso lo dicen sin palabras: el de Jesús, coronado de espinas, y el de María, atravesado por la espada, laten juntos por nosotros. Durante nueve días hemos acudido a la Virgen pidiendo su protección. Ella sigue de pie sobre el mundo, con las manos abiertas, esperando que le pidamos. La rue du Bac es hoy una de las capillas más visitadas de París; millones de medallas se reparten cada año; y cada una es una invitación a confiar. Santa Catalina resumió el mensaje en una frase: «La Virgen quiere que recurramos a ella». Cuando la cruz de la Medalla brilla ante nuestros ojos, suaviza las penas de esta vida y nos señala la eterna. Al terminar esta novena, pidamos no caer jamás en pecado mortal, y que en la hora de nuestra muerte estrechemos la Medalla sobre el pecho y muramos en los brazos de la misericordia de María.

    Petición

    ¡Oh Madre Inmaculada! Haz que la cruz de tu Medalla brille siempre ante mis ojos, suavice las penas de la vida presente y me conduzca a la vida eterna. ¡Qué dichosos seríamos si todos pusiéramos en ti nuestra confianza! Eres Reina del cielo y de la tierra, y tienes a tu disposición todos sus tesoros para favorecernos con ellos. ¡Con cuánta razón te lamentabas de la indiferencia de los hombres, que pierden tantas gracias por no acudir a ti, dispuesta a derramar a manos llenas tus bendiciones! A ti hemos acudido durante nueve días pidiendo tu protección: escucha los ruegos de tus hijos. Concédenos, sobre todo, que no caigamos jamás en pecado mortal, y que en la hora de nuestra muerte estrechemos sobre el pecho tu Medalla y muramos en los brazos de tu misericordia, para vivir eternamente contigo en el cielo. Amén.

Oración inicial

Señor mío Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Creador y Redentor mío: por ser tú quien eres y porque te amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberte ofendido. Propongo firmemente no volver a pecar y apartarme de todas las ocasiones de ofenderte, confesarme y cumplir la penitencia que me sea impuesta. Te ofrezco mi vida, obras y trabajos en satisfacción de todos mis pecados, y confío en que, por tu infinita bondad, me concederás el perdón de mis culpas y me llevarás a la vida eterna. Amén. Yo te saludo, Virgen María, Madre de Dios. Te suplico que me admitas como hijo y siervo tuyo. Te ruego también, oh piadosa Madre mía, que me gobiernes y defiendas en todas las acciones de mi vida, porque soy un pobre mendigo que a cada instante necesita de tu ayuda y protección. ¡Virgen Santísima! Hazme partícipe de todos tus bienes y de tus virtudes, principalmente de tu santa humildad, de tu excelsa pureza y de tu ardiente caridad; pero, sobre todo, alcánzame la gracia que te pido en esta novena (menciona aquí tu petición). Amén.

Oración final

¡Oh Inmaculada Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra! Al contemplarte con los brazos abiertos, derramando gracias sobre los que te las piden, lleno de la más viva confianza en tu poderosa y segura intercesión, manifestada innumerables veces por la Medalla Milagrosa, y aun reconociendo mi indignidad a causa de mis muchas culpas, me atrevo a acercarme a tus pies para exponerte durante esta novena mis necesidades más apremiantes. Escucha, pues, oh Virgen de la Medalla Milagrosa, este favor que confiado te pido, para mayor gloria de Dios, engrandecimiento de tu nombre y bien de mi alma. Y para servir mejor a tu divino Hijo, inspírame un profundo odio al pecado y dame el coraje de mostrarme siempre verdadero cristiano. Amén. Santísima Virgen, creo y confieso tu santa e Inmaculada Concepción, pura y sin mancha. ¡Oh purísima Virgen María! Por tu Concepción Inmaculada y tu gloriosa prerrogativa de Madre de Dios, alcánzame de tu amado Hijo la humildad, la caridad, la obediencia, la castidad, la santa pureza de corazón, de cuerpo y de espíritu, la perseverancia en la práctica del bien, una vida santa y una buena muerte. Amén.

Invocaciones

¡Oh María, sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a ti! ¡Oh María, sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a ti! ¡Oh María, sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a ti!