Meditación
El 13 de mayo de 1917, tres pastorcitos —Lucía, de diez años, Francisco, de ocho, y Jacinta, de siete— cuidaban el rebaño en la Cova da Iria cuando, sobre una pequeña encina, vieron a una Señora vestida de blanco, «más brillante que el sol». «No tengáis miedo, no os hago mal», les dijo. «Vengo del cielo». Y les hizo una pregunta que cambió sus vidas: «¿Queréis ofreceros a Dios para soportar todos los sufrimientos que Él quiera enviaros, en acto de reparación por los pecados con que es ofendido y de súplica por la conversión de los pecadores?». «Sí, queremos», respondió Lucía. «Entonces tendréis mucho que sufrir, pero la gracia de Dios será vuestro consuelo». En el rostro de la Señora, contaría Lucía después, había una leve sombra de tristeza. Es el dolor de una Madre por los pecados de sus hijos. Desde aquel día, los tres niños ofrecieron pequeños y grandes sacrificios: dieron su merienda a los pobres, soportaron la sed, llevaron una cuerda áspera a la cintura, y repetían la oración que ella les enseñó: «Oh Jesús, es por tu amor, por la conversión de los pecadores y en reparación de los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María». Hoy la pregunta se nos hace a nosotros. Pidamos un dolor sincero de nuestros pecados y la generosidad de repararlos.
Petición
¡Oh Santísima Virgen María, Madre de los pobres pecadores! Al aparecer en Fátima dejaste transparentar en tu rostro celestial una leve sombra de tristeza, para indicar el dolor que te causan los pecados de los hombres, y con maternal compasión nos exhortaste a no afligir más a tu Hijo con la culpa y a reparar los pecados con la mortificación y la penitencia. Danos la gracia de un sincero dolor de los pecados cometidos y la resolución generosa de reparar, con obras de penitencia y mortificación, todas las ofensas que se infieren a tu divino Hijo y a tu Corazón Inmaculado. Amén.