Meditación
Hay una mujer de pie junto a una cruz. No grita, no se desmaya, no se va. Se queda. Los soldados se reparten la ropa de su Hijo, la gente pasa y se burla, el cielo se oscurece a media tarde. Y ella sigue ahí, de pie, con el corazón atravesado. Así la vio Juan, el único discípulo que se quedó, y así la recuerda el Evangelio: «Junto a la cruz de Jesús estaba su madre» (Juan 19, 25). La Iglesia cuenta siete dolores en la vida de María: la profecía de Simeón, la huida a Egipto, el Niño perdido en el Templo, el encuentro camino del Calvario, la crucifixión, el cuerpo de Jesús en sus brazos y la sepultura. Siete espadas. En esta novena vamos a recorrerlos uno por uno, de a un dolor por día, y le vamos a pedir a la Madre algo muy concreto. Esta forma de rezarla la difundió el padre Chad Ripperger, sacerdote y exorcista de Estados Unidos, para quien pelea con un pecado que vuelve una y otra vez y no logra ver de dónde sale. La petición es sencilla y valiente: «Madre, muéstrame mi mayor defecto». Por eso, en la letanía de cada día, en lugar de responder «ruega por nosotros», respondemos «revela mi mayor defecto». No es una fórmula que obligue a Dios ni garantiza un resultado: es pedir luz con humildad, y la luz llega cuando y como Dios quiere. A veces lo que se nos muestra no es lo que esperábamos. Antes de seguir, toma un papel y escribe tu petición con tus palabras: qué le pides a la Madre en estos nueve días. Léela cada día en el momento de la oración. Y después, déjala hacer. Ella sabe mirar lo que nadie más ve.
Petición
De pie junto a la cruz estaba la Madre dolorosa, llorando, mientras su Hijo pendía del madero. Y una espada atravesó su alma, que gemía triste y dolorida. Oh Madre de los Dolores: por tus siete dolores, intercede por mí ante el Sagrado Corazón de Jesús y alcánzame la gracia que te suplico. (Presenta aquí, con las palabras que escribiste al comenzar la novena, lo que le pides.)