Novena a la Virgen de los Dolores, los Siete Dolores de María

Preparando la novena…

Sobre esta novena Las oraciones, el plan de los nueve días y cómo se reza

Novena a Nuestra Señora de los Dolores

Nueve días junto a la Madre que se quedó de pie al lado de la cruz: cada día contemplamos uno de sus siete dolores y le pedimos que nos muestre el defecto que nos tiene atados.

Esta novena a Nuestra Señora de los Dolores se reza tradicionalmente durante los nueve días previos a su fiesta, el 15 de septiembre. Son nueve días consecutivos de oración: cada día se medita un aspecto distinto de la devoción y se presenta una petición propia. Si un día se interrumpe, aquí puedes retomarla donde quedaste.

Cómo se reza cada día

  1. Señal de la Cruz
  2. Oración inicial
  3. Meditación del día
  4. Petición del día
  5. Padre Nuestro, Avemaría y Gloria
  6. Invocaciones
  7. Oración final
  8. Señal de la Cruz

Los nueve días completos

Abre cada día para leer su meditación y su petición. Es el mismo texto que usa el rezo guiado, disponible también sin JavaScript.

  1. Día 1 — Los siete dolores Empezar con confianza

    Meditación

    Hay una mujer de pie junto a una cruz. No grita, no se desmaya, no se va. Se queda. Los soldados se reparten la ropa de su Hijo, la gente pasa y se burla, el cielo se oscurece a media tarde. Y ella sigue ahí, de pie, con el corazón atravesado. Así la vio Juan, el único discípulo que se quedó, y así la recuerda el Evangelio: «Junto a la cruz de Jesús estaba su madre» (Juan 19, 25). La Iglesia cuenta siete dolores en la vida de María: la profecía de Simeón, la huida a Egipto, el Niño perdido en el Templo, el encuentro camino del Calvario, la crucifixión, el cuerpo de Jesús en sus brazos y la sepultura. Siete espadas. En esta novena vamos a recorrerlos uno por uno, de a un dolor por día, y le vamos a pedir a la Madre algo muy concreto. Esta forma de rezarla la difundió el padre Chad Ripperger, sacerdote y exorcista de Estados Unidos, para quien pelea con un pecado que vuelve una y otra vez y no logra ver de dónde sale. La petición es sencilla y valiente: «Madre, muéstrame mi mayor defecto». Por eso, en la letanía de cada día, en lugar de responder «ruega por nosotros», respondemos «revela mi mayor defecto». No es una fórmula que obligue a Dios ni garantiza un resultado: es pedir luz con humildad, y la luz llega cuando y como Dios quiere. A veces lo que se nos muestra no es lo que esperábamos. Antes de seguir, toma un papel y escribe tu petición con tus palabras: qué le pides a la Madre en estos nueve días. Léela cada día en el momento de la oración. Y después, déjala hacer. Ella sabe mirar lo que nadie más ve.

    Petición

    De pie junto a la cruz estaba la Madre dolorosa, llorando, mientras su Hijo pendía del madero. Y una espada atravesó su alma, que gemía triste y dolorida. Oh Madre de los Dolores: por tus siete dolores, intercede por mí ante el Sagrado Corazón de Jesús y alcánzame la gracia que te suplico. (Presenta aquí, con las palabras que escribiste al comenzar la novena, lo que le pides.)

  2. Día 2 — La profecía de Simeón Primer dolor

    Meditación

    Cuarenta días después del nacimiento, María y José suben al Templo de Jerusalén con el Niño y con dos pichones de paloma, la ofrenda de los pobres. Es un día alegre. Entonces un anciano se acerca entre la gente. Se llama Simeón, y el Espíritu Santo le había prometido que no moriría sin ver al Mesías. Toma al Niño en brazos y bendice a Dios: «Ahora, Señor, puedes dejar ir en paz a tu siervo, porque mis ojos han visto tu salvación» (Lucas 2, 29-30). Y después, mirando a María, le dice algo que no estaba en la fiesta: «Este niño está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y como signo de contradicción. Y a ti misma una espada te atravesará el alma» (Lucas 2, 34-35). María no pregunta cuándo ni cómo. Guarda la palabra en el corazón, como guardó tantas otras, y vuelve a casa con el Niño dormido y con esa espada anunciada. Desde ese día, cada alegría con su Hijo lleva adentro el aviso. Y ella sigue amando igual. Este primer dolor es el dolor de saber. Nosotros también cargamos cosas que sabemos y no podemos cambiar: un diagnóstico, una despedida que se acerca, un miedo que no se dice. Y hay otra cosa que a veces preferimos no saber: la raíz de nuestro pecado de siempre. A María no le asustó la verdad. Pídele hoy que tampoco te asuste a ti.

    Petición

    De pie junto a la cruz estaba la Madre dolorosa, llorando, mientras su Hijo pendía del madero. Y una espada atravesó su alma, que gemía triste y dolorida. Oh Madre de los Dolores: por tu primer dolor, la profecía de Simeón, intercede por mí ante el Sagrado Corazón de Jesús y alcánzame la gracia que te suplico. (Presenta aquí, con las palabras que escribiste al comenzar la novena, lo que le pides.)

  3. Día 3 — La huida a Egipto Segundo dolor

    Meditación

    Es de noche. José se despierta de golpe: un ángel le habló en sueños. «Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo» (Mateo 2, 13). No hay tiempo de despedirse de nadie. María envuelve al Niño, José carga lo poco que tienen, y salen a oscuras hacia un país extranjero, por caminos de desierto, sin saber cuánto tiempo estarán lejos. Detrás quedan las casas de Belén. Herodes mandará matar a todos los niños menores de dos años, y el llanto de esas madres acompañará a María por el camino. Ella lleva en brazos al único que se salvó, y sabe por qué lo persiguen. Dios podía haber detenido a Herodes con una palabra. En lugar de eso, deja que su Hijo se salve como se salva cualquier familia perseguida: huyendo. María acepta el camino sin entenderlo del todo. No exige explicaciones; se pone en marcha. Hay dolores que no elegimos: perder la casa, la tierra, la seguridad, tener que empezar de nuevo. Y hay algo en nosotros que se resiste a moverse, incluso cuando Dios nos pide dejar atrás una costumbre que nos hace daño. Pídele hoy a la Madre que te muestre de qué te cuesta huir.

    Petición

    De pie junto a la cruz estaba la Madre dolorosa, llorando, mientras su Hijo pendía del madero. Y una espada atravesó su alma, que gemía triste y dolorida. Oh Madre de los Dolores: por tu segundo dolor, la huida a Egipto, intercede por mí ante el Sagrado Corazón de Jesús y alcánzame la gracia que te suplico. (Presenta aquí, con las palabras que escribiste al comenzar la novena, lo que le pides.)

  4. Día 4 — El Niño perdido en el Templo Tercer dolor

    Meditación

    Jesús tiene doce años. La familia sube a Jerusalén por la Pascua, como todos los años, y al terminar la fiesta emprende el regreso con la caravana de parientes y vecinos. Al caer la primera tarde, María lo busca entre los primos. No está. José pregunta a unos y a otros. Nadie lo vio. Vuelven a Jerusalén y lo buscan durante tres días. Tres días. Tres días sin saber si come, si duerme, si alguien le hizo daño. Al tercero lo encuentran en el Templo, sentado entre los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas. María no lo regaña; le abre el corazón: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo te buscábamos angustiados». Y Él responde: «¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?». «Pero ellos no comprendieron lo que les decía» (Lucas 2, 48-50). María no entendió, y aun así guardó todo en el corazón. Este dolor es el de perder a Dios de vista: el de rezar y sentir que nadie contesta, el de buscar y no encontrar. Y también el de perderlo por culpa nuestra, por un pecado que nos aleja sin que casi nos demos cuenta. Ella lo buscó tres días sin descansar. Pídele hoy que te muestre dónde lo perdiste tú, y que te acompañe a buscarlo.

    Petición

    De pie junto a la cruz estaba la Madre dolorosa, llorando, mientras su Hijo pendía del madero. Y una espada atravesó su alma, que gemía triste y dolorida. Oh Madre de los Dolores: por tu tercer dolor, la pérdida del Niño Jesús en el Templo, intercede por mí ante el Sagrado Corazón de Jesús y alcánzame la gracia que te suplico. (Presenta aquí, con las palabras que escribiste al comenzar la novena, lo que le pides.)

  5. Día 5 — El encuentro camino del Calvario Cuarto dolor

    Meditación

    Las calles de Jerusalén están llenas de gente. Es la mañana del viernes, y por el medio de la multitud avanza un condenado con la cruz a cuestas. Va tan débil que los soldados obligan a un hombre de Cirene a ayudarlo. «Lo seguía una gran multitud del pueblo y muchas mujeres, que se golpeaban el pecho y lloraban por él» (Lucas 23, 27). Entre ellas, abriéndose paso, va su madre. El Evangelio no cuenta el momento en que se miran. Lo cuenta la Iglesia desde hace siglos en la cuarta estación del Vía Crucis, porque no hace falta que esté escrito: una madre encuentra a su hijo. Él tiene el rostro cubierto de sangre, la espalda abierta, la corona de espinas. Ella no puede tocarlo. Solo puede mirarlo, y dejar que Él la vea. Y en esa mirada está todo: «Aquí estoy. No te dejo solo». No hay palabras que consuelen a un hijo que va a morir. Hay una presencia. María no cambia nada de lo que va a pasar, y sin embargo lo cambia todo, porque Jesús sube al Calvario sabiendo que su madre está ahí. A veces lo único que podemos hacer por alguien es estar. Y a veces lo que más nos cuesta es dejar que nos vean como estamos, sin máscara. Pídele hoy a la Madre que te mire así, hasta el fondo, y que te muestre lo que ella ve.

    Petición

    De pie junto a la cruz estaba la Madre dolorosa, llorando, mientras su Hijo pendía del madero. Y una espada atravesó su alma, que gemía triste y dolorida. Oh Madre de los Dolores: por tu cuarto dolor, el encuentro con Jesús camino del Calvario, intercede por mí ante el Sagrado Corazón de Jesús y alcánzame la gracia que te suplico. (Presenta aquí, con las palabras que escribiste al comenzar la novena, lo que le pides.)

  6. Día 6 — La crucifixión y muerte de Jesús Quinto dolor

    Meditación

    Es mediodía y el cielo se oscurece. Sobre la colina del Calvario hay tres cruces, y bajo la del medio, «junto a la cruz de Jesús, estaba su madre» (Juan 19, 25). De pie. No la sostienen: sostiene ella. Con ella están su hermana, María Magdalena y Juan, el discípulo más joven. Los demás se fueron. Jesús la ve. Con la voz que le queda, dice: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Y a Juan: «Ahí tienes a tu madre» (Juan 19, 26-27). Es su testamento. Le entrega a su madre el discípulo, y en él a todos nosotros. Después dice: «Tengo sed». Y por último: «Todo está cumplido». Inclina la cabeza y entrega el espíritu. María oye el último suspiro de su Hijo. La espada de Simeón llega hasta el fondo. Y ella no maldice, no se desploma, no reclama. Se queda de pie, y en ese momento se convierte en madre de todos los que lo mataron y de todos los que lo abandonaron. También de nosotros. Este es el dolor más grande, y también el más fecundo. Al pie de la cruz no hay nada que esconder: todo se ve. Pídele hoy a la Madre que te muestre el pecado que te cuesta mirar, y que te enseñe a quedarte de pie mientras Dios lo sana.

    Petición

    De pie junto a la cruz estaba la Madre dolorosa, llorando, mientras su Hijo pendía del madero. Y una espada atravesó su alma, que gemía triste y dolorida. Oh Madre de los Dolores: por tu quinto dolor, la crucifixión y muerte de Jesús, intercede por mí ante el Sagrado Corazón de Jesús y alcánzame la gracia que te suplico. (Presenta aquí, con las palabras que escribiste al comenzar la novena, lo que le pides.)

  7. Día 7 — La lanza y el descendimiento Sexto dolor

    Meditación

    Jesús ya ha muerto. Los soldados quiebran las piernas a los otros dos crucificados para que mueran antes de la fiesta, pero al llegar a Él lo encuentran muerto. Uno de ellos le abre el costado con una lanza, «y al instante salió sangre y agua» (Juan 19, 34). María lo ve. El golpe ya no le duele a su Hijo; le duele a ella. Al atardecer llega José de Arimatea, un hombre rico que se había atrevido a pedirle el cuerpo a Pilato. Con Nicodemo, bajan a Jesús de la cruz. Lo bajan con cuidado, como se baja lo más querido. Y lo ponen en los brazos de su madre. Treinta y tres años antes lo había envuelto en pañales en un pesebre. Ahora lo recibe frío, con las manos rotas y el costado abierto. Le limpia la sangre de la cara. Le cierra los ojos. Es la escena que los artistas pintaron mil veces y llamaron la Piedad, y sigue siendo la imagen más callada del Evangelio. María no tiene nada que hacer por Él, y aun así lo hace todo: lo sostiene. Cuando el corazón se nos queda sin fuerzas, cuando ya no hay remedio para lo que pasó, ella nos enseña que todavía queda amar. Pídele hoy que te reciba en sus brazos como recibió a Jesús, y que te muestre la herida que necesitas dejar que Dios cure.

    Petición

    De pie junto a la cruz estaba la Madre dolorosa, llorando, mientras su Hijo pendía del madero. Y una espada atravesó su alma, que gemía triste y dolorida. Oh Madre de los Dolores: por tu sexto dolor, la lanza que abrió el costado de Jesús y su descendimiento de la cruz, intercede por mí ante el Sagrado Corazón de Jesús y alcánzame la gracia que te suplico. (Presenta aquí, con las palabras que escribiste al comenzar la novena, lo que le pides.)

  8. Día 8 — La sepultura de Jesús Séptimo dolor

    Meditación

    Hay que apurarse: el sábado empieza al ponerse el sol. José de Arimatea y Nicodemo envuelven el cuerpo en una sábana con mirra y áloe, «según la costumbre judía de sepultar» (Juan 19, 40). Cerca del Calvario hay un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, donde nadie había sido enterrado todavía. Allí lo ponen. Hacen rodar una piedra grande hasta la entrada. María lo ve entrar en la oscuridad. Después, la piedra. Después, el silencio. Es la última vez que ve a su Hijo en esta vida, o eso parece. Se queda un momento más, con las otras mujeres, hasta que la noche la obliga a volver a la casa donde Juan la recibió como madre. Es el dolor de la despedida definitiva: cuando se cierra una puerta que no se va a abrir más. Y sin embargo, María guarda algo que nadie más guarda esa noche: la fe. Nadie más espera nada. Ella sí. No sabe cómo, pero se acuerda de las palabras de su Hijo, y se acuerda de que Dios cumple lo que promete. Por eso el Sábado Santo es el día de María. Pídele hoy que te muestre lo que tienes que enterrar de una vez, y que te dé su fe para esperar lo que todavía no ves.

    Petición

    De pie junto a la cruz estaba la Madre dolorosa, llorando, mientras su Hijo pendía del madero. Y una espada atravesó su alma, que gemía triste y dolorida. Oh Madre de los Dolores: por tu séptimo dolor, la sepultura de Jesús, intercede por mí ante el Sagrado Corazón de Jesús y alcánzame la gracia que te suplico. (Presenta aquí, con las palabras que escribiste al comenzar la novena, lo que le pides.)

  9. Día 9 — De pie hasta la Resurrección El fruto de la novena

    Meditación

    Al tercer día, muy temprano, unas mujeres van al sepulcro y lo encuentran vacío. El Evangelio no dice si María fue con ellas. No hacía falta: ella ya sabía. La misma mujer que estuvo de pie junto a la cruz es la que espera de pie la Resurrección. Sus siete dolores no fueron el final de la historia. Fueron el camino. Hoy terminamos la novena. Vuelve a mirar el papel donde escribiste tu petición el primer día. Quizás la Madre ya te mostró tu mayor defecto, y no era el que pensabas. Quizás todavía no lo ves con claridad. No importa: ella sigue trabajando aunque la novena termine, y lo que te muestra no es para avergonzarte, sino para sanarte. Lo que sí importa es lo que hagas con lo que viste. Un defecto conocido se puede confesar, se puede pedir perdón, se puede empezar de nuevo. Una espada que se muestra ya no hiere a escondidas. María pasó por siete y salió de pie, con el corazón más grande, no más cerrado. Dale las gracias. Y quédate con la última imagen de estos días: una madre de pie, con los ojos llenos de lágrimas y las manos abiertas. Ahora también están abiertas para ti.

    Petición

    De pie junto a la cruz estaba la Madre dolorosa, llorando, mientras su Hijo pendía del madero. Y una espada atravesó su alma, que gemía triste y dolorida. Oh Madre de los Dolores: por tus siete dolores, intercede por mí ante el Sagrado Corazón de Jesús y alcánzame la gracia que te suplico. (Presenta aquí, con las palabras que escribiste al comenzar la novena, lo que le pides.)

Oración inicial

Oh Madre dolorosa, acudo a ti con toda confianza. Sufriste los dolores más agudos que se pueden sufrir en esta vida: viste morir a tu Hijo en la cruz, y aun así te quedaste a su lado hasta el final. Mírame con bondad a mí, pobre pecador, y alcánzame de tu Hijo todas las gracias que necesito para soportar los sufrimientos que Dios permite en mi camino. Amén.

Oración final

Oh Madre de los Dolores: por la angustia y el amor con que estuviste de pie junto a la cruz de Jesús, quédate a mi lado en mi última agonía. A tu corazón de Madre confío las tres últimas horas de mi vida. Ofrécelas al Padre Eterno unidas a la agonía de nuestro querido Señor, en reparación de mis pecados. Ofrece al Padre Eterno la preciosísima Sangre de Jesús, mezclada con tus lágrimas en el Calvario, para que alcance la gracia de recibir la Sagrada Comunión con el amor y la contrición más perfectos antes de morir, y de entregar mi alma en la presencia adorable de Jesús. Madre querida, cuando por fin llegue el momento de mi muerte, preséntame a Jesús como hijo tuyo. Pídele que me perdone por haberlo ofendido, porque no sabía lo que hacía. Ruégale que me reciba en su Reino de gloria, para estar unido a Él para siempre. Amén.

Invocaciones

(Letanía de Nuestra Señora de los Dolores. Si a los pocos días ya sabes cuál es tu mayor defecto, responde «revela el misterio escondido»; y si también eso te fue mostrado antes de terminar, vuelve a «ruega por nosotros».) Señor, ten piedad de nosotros. Cristo, ten piedad de nosotros. Señor, ten piedad de nosotros. Cristo, óyenos. Cristo, escúchanos. Dios Padre celestial, ten piedad de nosotros. Dios Hijo, Redentor del mundo, ten piedad de nosotros. Dios Espíritu Santo, ten piedad de nosotros. Santa María, Madre de Dios, Santa Virgen de las vírgenes, Madre del Crucificado, Madre dolorosa, Madre llorosa, Madre que gimes, R. Revela mi mayor defecto. Madre afligida, Madre abandonada, Madre desolada, Madre tristísima, Madre cercada de angustias, Madre abrumada por el dolor, R. Revela mi mayor defecto. Madre traspasada por la espada, Madre crucificada en el corazón, Madre privada de tu Hijo, Paloma que gimes, Madre de los Dolores, Fuente de lágrimas, R. Revela mi mayor defecto. Mar de amargura, Campo de tribulación, Cúmulo de padecimientos, Espejo de paciencia, Roca de constancia, Remedio en la incertidumbre, R. Revela mi mayor defecto. Alegría de los afligidos, Arca de los desolados, Refugio de los abandonados, Escudo de los oprimidos, Vencedora de los incrédulos, Consuelo de los desdichados, R. Revela mi mayor defecto. Medicina de los enfermos, Auxilio de los desfallecidos, Fortaleza de los débiles, Protectora de los que luchan, Puerto de los náufragos, Sosiego de las tempestades, R. Revela mi mayor defecto. Compañera de los que sufren, Amparo de los que gimen, Terror de los traidores, Estandarte de los mártires, Tesoro de los fieles, Luz de los confesores, R. Revela mi mayor defecto. Perla de las vírgenes, Alivio de las viudas, Alegría de todos los santos, Reina de tus siervos, Santa María, que sola eres sin igual, R. Revela mi mayor defecto. Ruega por nosotros, Virgen dolorosísima. Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de nuestro Señor Jesucristo. Oremos. Oh Dios, en cuya Pasión, según la profecía de Simeón, una espada de dolor atravesó el alma dulcísima de la gloriosa Virgen María, tu Madre: concédenos que, al recordar sus siete dolores, alcancemos el fruto feliz de tu Pasión. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.